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  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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Proxenetismo en el mundo: el turbio negocio que ”marca” a sus víctimas

Para Tiguni, abolir la prostitución permitiría una defensa real de los derechos de las víctimas: ayuda económica, vivienda, empleo y terapia.

Amelia Tiganus, cuando tenía 17 años, víctima del proxenetismo (i). Fotografía de uno de los cófigos de barras tatuados (d)./ BBC-EFE
Amelia Tiganus, cuando tenía 17 años, víctima del proxenetismo (i). Fotografía de uno de los cófigos de barras tatuados (d)./ BBC-EFE
Proxenetismo en el mundo: el turbio negocio que ”marca” a sus víctimas

Recorriendo las ordenadas calles de las capitales del primer mundo, es desagradable pensar que, debajo de su fachada turística, operan las redes tejidas por el poderoso negocio de la explotación sexual, atrapando seres humanos con los que negociarán como mera mercancía.

Fue una de esas redes las que ‘reclutó’ a Amelia Tiganus, una escritora y activista rumana que logró escapar de este infierno, y ahora lucha por los derechos de miles de víctimas.

Para ella, la prostitución fue como un tenebroso lago que jamás quiso conocer, pero a cuyas orillas fue arrinconada por la sociedad, para luego, a punto de morir sedienta, ser empujada por los traficantes.

Como relató a BBC Mundo, su historia de abuso comenzó cuando, con apenas 13 años de edad, fue violada al salir de la escuela. “Después vino la reacción del entorno y de la sociedad ante esa agresión”, contó. 

Lejos de protegerla y buscar el castigo de los delincuentes, las instituciones cuestionaron a Amelia, responsabilizándola por su tragedia. “Yo sufrí un auténtico calvario y al final acabé por abandonar los estudios, porque sufría bullying. La etiqueta de ‘puta’ ya me la habían puesto”.

Defraudada, abandonó sus sueños de convertirse en doctora, e intentó buscar su independencia con trabajos tan mal pagados que, poco después de cumplir 17, aceptó una de las tantas ofertas para probar esas oscuras aguas.

“Me decían que podría solucionar mi vida en un par de años, porque ese es el gancho más importante que utilizan los proxenetas: nos dicen que en poco tiempo vamos a poder solucionar nuestros problemas ganando mucho dinero”.

Pero Rumania —un país con un sueldo promedio que supera en poco los 600 euros— no era el ‘mercado’ final. El dinero estaba más hacia el oeste.

“Me vendieron a un proxeneta español por 300 euros”. Antes de despedirla, le explicaron que, además de ese monto, ella tendría que pagar por los gastos del pasaporte, la ropa, el viaje y otros más. “Y así llegué a acumular una deuda de más de 3.000 euros”.

La suma solo iría creciendo. “Todos los días teníamos que pagar una fortuna por las habitaciones en las que dormíamos hacinadas, por la cocaína y el alcohol al que se nos enganchaba desde el primer día”, recuerda, en referencia a las adicciones que los traficantes generan en las víctimas, para mantenerlas dóciles y endeudadas.

Durante cinco años, siendo trasladada continuamente entre 40 prostíbulos de todo el país europeo —hábil estrategia para evitar que las chicas generen lazos de cooperación entre ellas o con la comunidad—, Amelia soportó todo tipo de vejaciones, hasta que comenzó a desfallecer; su cuerpo ya no parecía responder a los golpes, y su último proxeneta la expulsó, ya que él no manejaba “una casa de beneficencia”.

Pero ella no conocía el mundo exterior, solo las tinieblas de los cuartos baratos. Le tomó mucho tiempo y voluntad acostumbrar sus ojos a la luz de esas ordenadas calles.

Y lo consiguió, después de algunos malos ratos, conoció a gente que vio en ella su humanidad, no solo un cuerpo. “Gente que ha confiado en mí, como quienes fueron mis jefes en el restaurante donde trabajé durante 11 años como camarera o mi pareja, que hoy en día es mi marido”.

MERCANCÍA

El 2012, otras compatriotas de Amelia fueron rescatadas de un grupo encabezado por también rumanos, que para controlar “la deuda” de sus víctimas, les tatuaban códigos de barras en el cuerpo, como si se tratara de artículos de un supermercado.

"’Maletas’, ‘bultos’ o ‘bicicletas’ eran algunos de los términos utilizados por los proxenetas para referirse a las mujeres que tenían bajo su control”, registró el portal El Correo.

Entre los miembros de esa banda, estaba Iulan T., quien mantenía secuestrada a una joven de 19 años, atada con cadenas a un radiador, sin comida y hallada con numerosas heridas por golpes y latigazos, y para pasmo de los agentes policiales, un código de barras tatuado en su muñeca con la deuda contraída con el clan.

Ella relataría después que se le impuso el “castigo” porque intentó escapar del trabajo sexual al que era obligada diariamente.

PELIGRO ONLINE

La experiencia de Amelia no es exclusiva de los territorios del este europeo; ahora, gracias a internet, los traficantes tienen acceso a un espectro global de nuevas víctimas.

Cada vez más, se acrecienta el uso de las redes sociales para engañar y seducir a jóvenes, con el objetivo de sacarlas de su hogar y, una vez aisladas, obligarlas a trabajar como prostitutas.

En relación a uno de los contados casos que llegaron a un juicio y condena en Estados Unidos —el de Justin Strom, apodado J-Dirt—, CNN rescató elementos significativos del ‘modus operandi’ de este tipo de depredador.

Strom y sus cómplices operaban con Facebook, identificando perfiles de niñas y adolescentes, a quienes, a menudo con cuentas falsas, enviaban mensajes “diciéndoles qué lindas eran y ofreciéndoles ganar dinero”.

“Si una chica demostraba interés, algún miembro de la pandilla se ponía de acuerdo para encontrarse con ella”, reportó CNN, que habló con las ocho víctimas de Strom, quienes tras esos primeros encuentros, eran llevadas, por la fuerza, a departamentos, para ser abusadas por varios hombres.

“Me lavó la cabeza y me hizo creer que tener relaciones sexuales por dinero era normal”, declaró una de ellas.

Durante seis años, los criminales explotaron a estas chicas, ofreciéndolas a entre cinco y 10 clientes cada noche, pidiendo unos 30 dólares por 15 minutos de sexo. 

Tras la investigación y el juicio, Strom fue sentenciado a 40 años de prisión. 

Pese a lo que se podría pensar, este antecedente judicial no supuso una mejora en la situación, ya que, como apuntó Amelia, “hay hombres que no quieren escuchar un ‘no’; y lo que hacen es comprar un ‘sí’ a los proxenetas que utilizan a las mujeres como mercancía”.