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  • Diario Digital | martes, 21 de septiembre de 2021
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Parricidio: engendrar a un asesino

Fotografía ilustrativa de un hombre sosteniendo un cuchillo. PIXABAY
Fotografía ilustrativa de un hombre sosteniendo un cuchillo. PIXABAY
Parricidio: engendrar a un asesino

El 22 de abril de 2020, El Alto fue el epicentro de un hecho que consternó a la población. Un muchacho de 22 años terminó con la vida de su padre, de 47, luego de asestarle una puñalada en el tórax. La víctima, que había llegado a la vivienda en estado de ebriedad, discutía con su esposa (madre del implicado). “De rabia actué”, intentó justificar el victimario, que luego fue imputado por parricidio.

¿Pero qué supone este delito? El Código Penal Boliviano es claro. En su artículo 253, señala: “El que matare a su padre, madre, o a su abuelo u otro ascendiente en línea recta, sabiendo quién es, será sancionado con la pena de presidio de 30 años, sin derecho a indulto”.

El abogado penalista Jorge José Valda explica en el Código Penal Boliviano comentado que este crimen “es considerado como otro de los delitos de más alta gravedad y con la pena predeterminada mayor fijada constitucionalmente, puesto que la relación filial y consanguínea que existe entre el hijo y el respeto que debiera tener a los padres hacen que el hecho se convierta en uno de los más repudiados por las legislaciones a nivel mundial desde el derecho romano, que sancionaba con la muerte a quien asesinaba al pater familis”.

Recuerda que “se considera que el sujeto activo determinado, que es el hijo o descendiente extremo que se convierte en condición objetiva de antijuricidad, al igual que la caracterización del sujeto pasivo, debe mantener la relación de filiación, que, más que un vínculo formal, la norma sanciona el hecho por la ruptura del compromiso emocional, de respeto y honorabilidad con el cual debería guardarse a los padres, por lo que se entiende que se comete el delito, así el hijo o la hija sean adoptivos”. Aquí, el penalista hace una salvedad, aclarando que esta tipificación no es aplicable cuando se trata de un victimario que previamente se encuentra bajo la tutela provisional, sin que haya un vínculo formal de dependencia con autoridad paterna con la víctima.

Sobre la evolución que sufrió el término parricidio en la historia, Valda reflexiona que, por ejemplo, en el Derecho Romano, se asumía de ese modo a cualquier homicidio. Sin embargo, con la Ley de las XII Tablas fue posible concebir al parricidio como la muerte dada por el hijo hacia el padre. 

El Tribunal Constitucional de Bolivia sentó jurisprudencia, mediante el Auto Supremo 168, del 13 de mayo de 2005. El caso de Francisco Porcel Polares, victimado por Andrés Porcel Cabezas, su hijo, fue tomado como parricidio. El hecho describe que la noche del 4 de marzo de 2001, el padre llegó alcoholizado a su vivienda y que, luego de la medianoche, este agredió física y verbalmente a su esposa y a sus hijos, entre ellos, Andrés. Este, tras ser apuntado por presuntamente haber mantenido relaciones incestuosas con su progenitora, tomó un mazo y lo golpeó hasta darle muerte.

Aunque la defensa intentó alegar que la agresión letal correspondió a un homicidio por emoción violenta, figura considerada en el artículo 254 del Código Penal, la Justicia rechazó la tipificación, asumiendo que el victimario "conocía perfectamente a su víctima, por ende, sabía el tipo de relación que lo unía, pues estuvo consciente en todo momento de que Francisco Porcel era su padre”.

LOS PERFILES La psicóloga Laura Martínez, en un trabajo publicado por el Centro Para el Estudio y Prevención de la Delincuencia en 2014, realizó una aproximación a las cualidades psíquicas del parricida. En el escrito, la especialista entiende que  existen características en común que varían según el contexto que enmarca al crimen, la edad, el sexo de quien comete el delito y también el tipo de víctima.

Martínez expresa: “Una de las grandes diferencias que se realizan al hacer las descripciones de perfiles parricidas tiene relación con el género del agresor. Según los estudios, la gran mayoría de los parricidas son varones, observándose tasas de hasta un 92%, con una razón de 6:1 entre hombres versus mujeres”.

En consonancia con la psicóloga, el perfil que más se repite corresponde a adultos que tienen tendencia a alguna patología psiquiátrica, especialmente esquizofrenia. También guardan relación al consumo de sustancias y alcohol. Complementa: “Según el estudio de Cornic y Olie, el típico perfil de un parricida adulto correspondería a un varón joven, soltero, desempleado, que vive con la víctima, sufre de esquizofrenia y abusa de alcohol y drogas, quien ha suspendido el tratamiento y posee antecedentes previos de conductas ilegales. En casi todos los estudios se demuestra una alta prevalencia de psicosis (desde 40%) en parricidas y, por otro lado, este delito representaría una parte importante (hasta un 30%) de los homicidios cometidos por personas psicóticas”.

El trastorno bipolar psicótico, trastorno esquizoafectivo y rasgos de personalidad narcisista también pueden estar presentes en los parricidas, siendo que la mayoría, aun necesitando tratamiento, no ha estado medicado en el momento del crimen.

Existe, también, otro perfil, aunque menos usual. Este encasilla a adolescentes que cometen el delito y que se hallan bajo tres circunstancias “psicosociales”. Así, se habla del gravemente maltratado, el que padece psicosis o retardo y aquel que resulta antisocial.  Martínez considera que, en el del niño o adolescente que es maltratado, este comete el delito “en defensa propia, en el contexto de una situación de abuso”. “Es más probable que los adolescentes cometan el acto solos y en situaciones en que los padres estén desprevenidos (durmiendo, sentados viendo televisión, etcétera)”, detalla.

Es menos frecuente -sostiene- los casos de hijos parricidas que presentan alguna enfermedad mental o que transiten un trastorno del desarrollo de la personalidad de tipo antisocial. Por esto, los parricidios se suscitarían, por lo general, en escenarios en donde haya disfuncionalidad dentro del seno familiar o maltrato crónico.

Cuando el hecho de sangre es llevado a cabo por una mujer, suele darse la figura de “matricida”, pues, según la especialista, hay estudios que revelan que estas victimarias se encuentran más caracterizadas por asesinar a sus progenitoras que a sus progenitores.

Martínez detalla, al respecto, que algunos estudios dieron cuenta de que estas mujeres eran solteras, que tenían una edad promedio de 39 años cuando mataban a sus madres y 21, si daban muerte a sus padres. Además, se distinguían por ser “socialmente aisladas, con una madre dominante y con una relación simbiótica”. Es importante mencionar que en el grupo de estas mujeres asesinas, la mayoría, en concordancia con lo evidenciado por la psicóloga, cometió el crimen sin padecer alguna patología clínica.

Historia

En la legislación de Atenas, el parricida era perseguido y podía ser asesinado por cualquier persona, considerando que ese era un delito supremo y perverso.