El voto de los jóvenes y apetencias electorales de los presidenciales
29 de septiembre de 2009 (20:49 h.)
Uno de los sectores apetecidos electoralmente hablando es el de los jóvenes, mucho más en países como el nuestro donde las estadísticas señalan que el potencial electoral de este grupo de la población alcanza a un 50 por ciento.
Bolivia es lo que se puede llamar un país de jóvenes, contrariamente a lo que ocurre en los países europeos que tienen una población de adultos mayores o longevas.
En tiempos electorales, el voto de los jóvenes adquiere importancia inusitada y desde luego justificada para los candidatos presidenciales, aunque no siempre la atención de éstos sea de constante programática, cuando llegan al poder. Son en realidad las contradicciones que plantea la moral de los políticos, que en períodos electorales ofrecen mucho para los jóvenes y luego cuando ocupan los espacios públicos, el olvido a las esperanzas de aquéllos queda en el archivo, y así, una y otra vez hasta las próximas elecciones.
Los candidatos deben tener la certidumbre de que los jóvenes tienen capacidad de discernir y separar lo que pueden considerar un discurso demagógico, de otro, que de algún modo, les abra las puertas para un país mejor.
Sin embargo, no se puede ocultar que durante los últimos años de la democracia, los gobiernos que accedieron al Palacio Quemado poco o nada han hecho por los jóvenes bolivianos y esto ha determinado una especie de desesperanza y hasta conformismo. No debe ser casual que durante el período de inscripción en el nuevo padrón biométrico que lleva adelante la Corte Nacional Electoral, la concurrencia de la juventud se ha dejado esperar. Cuando existe falta de interés en las elecciones, no se puede concluir sino en sostener que la gente está perdiendo confianza, quizá no tanto en el proceso electoral en sí, sino en los que intervienen como candidatos y en los frentes electorales.
En un medio como el nuestro, donde la caracterización del ejercicio político, está centrado más en los intereses sectarios y en un partidismo que deja, además, entre otras cosas pocos espacios para la juventud, puede que sobren las justificaciones para tales actitudes.
Lo que los jóvenes esperan, en adelante, de candidatos y políticos en general, son oportunidades de estudio y formación, es decir, que les faciliten las herramientas necesarias para enfrentar la vida, y desde luego, trabajo. Más allá del discurso altisonante, los que tanto repiten igualdad de oportunidades y de políticas incluyentes, deben entender que esa igualdad y la inclusión se presenta en la práctica con la creación de fuentes de trabajo para una demanda laboral joven que cada año va en aumento.
Lo peor para cualquier joven es haber estudiado e incluso con especialización académica, y encontrarse frente a un país que no le brinda trabajo; cuando esto ocurre, y lamentablemente con tanta frecuencia en nuestro medio, no les queda sino colgar el título profesional y dedicarse a ser choferes o guardias de seguridad, por dar algún ejemplo, y desde luego la opción dolorosa de dejar el país para ir a trabajar allende los mares.
Bolivia es lo que se puede llamar un país de jóvenes, contrariamente a lo que ocurre en los países europeos que tienen una población de adultos mayores o longevas.
En tiempos electorales, el voto de los jóvenes adquiere importancia inusitada y desde luego justificada para los candidatos presidenciales, aunque no siempre la atención de éstos sea de constante programática, cuando llegan al poder. Son en realidad las contradicciones que plantea la moral de los políticos, que en períodos electorales ofrecen mucho para los jóvenes y luego cuando ocupan los espacios públicos, el olvido a las esperanzas de aquéllos queda en el archivo, y así, una y otra vez hasta las próximas elecciones.
Los candidatos deben tener la certidumbre de que los jóvenes tienen capacidad de discernir y separar lo que pueden considerar un discurso demagógico, de otro, que de algún modo, les abra las puertas para un país mejor.
Sin embargo, no se puede ocultar que durante los últimos años de la democracia, los gobiernos que accedieron al Palacio Quemado poco o nada han hecho por los jóvenes bolivianos y esto ha determinado una especie de desesperanza y hasta conformismo. No debe ser casual que durante el período de inscripción en el nuevo padrón biométrico que lleva adelante la Corte Nacional Electoral, la concurrencia de la juventud se ha dejado esperar. Cuando existe falta de interés en las elecciones, no se puede concluir sino en sostener que la gente está perdiendo confianza, quizá no tanto en el proceso electoral en sí, sino en los que intervienen como candidatos y en los frentes electorales.
En un medio como el nuestro, donde la caracterización del ejercicio político, está centrado más en los intereses sectarios y en un partidismo que deja, además, entre otras cosas pocos espacios para la juventud, puede que sobren las justificaciones para tales actitudes.
Lo que los jóvenes esperan, en adelante, de candidatos y políticos en general, son oportunidades de estudio y formación, es decir, que les faciliten las herramientas necesarias para enfrentar la vida, y desde luego, trabajo. Más allá del discurso altisonante, los que tanto repiten igualdad de oportunidades y de políticas incluyentes, deben entender que esa igualdad y la inclusión se presenta en la práctica con la creación de fuentes de trabajo para una demanda laboral joven que cada año va en aumento.
Lo peor para cualquier joven es haber estudiado e incluso con especialización académica, y encontrarse frente a un país que no le brinda trabajo; cuando esto ocurre, y lamentablemente con tanta frecuencia en nuestro medio, no les queda sino colgar el título profesional y dedicarse a ser choferes o guardias de seguridad, por dar algún ejemplo, y desde luego la opción dolorosa de dejar el país para ir a trabajar allende los mares.