Los verdaderos periodistas no están al servicio de ningún partido político
29 de mayo de 2007 (07:49 h.)
En lo que respecta al discurso, la política tiene mucho de ficción, de engaño y autoengaño. No hay político que no se considere predestinado para realizar grandes transformaciones y llevar a su pueblo hasta los más altos niveles de progreso. En la proyección de su esquizofrenia suponen que las masas los aman. Claro que gran parte de esa conducta es provocada por los serviles que aplauden y alaban aun los mayores errores.
Los dictadores que se sucedieron durante más de setenta años en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, excepto Lenin que fue filósofo y humanista en la dimensión total de los dos conceptos, actuaban con sentido propietarista aplastando toda crítica o sugerencia transformadora. La derecha mundial simbolizada patéticamente por Hitler no tuvo ningún inconveniente en utilizar los medios más crueles para obligar a marchar a los pueblos entonando himnos de alabanza a sus opresores. La organización política de la sociedad, como hemos dicho varias veces, no es sino una forma de legitimar el imperio de los más fuertes. La fuerza es, precisamente, la capacidad de unos cuantos para dominar, infundir miedo y en su caso para matar.
En esta parte del mundo, el acontecer político no es diferente, quizá en algunos momentos de la historia sea peor por la ignorancia y la audacia de coroneles, caciques y caudillos. Muchos ejemplos ensombrecen las páginas de la historia. Claro que la responsabilidad no es sólo de ellos. Los pueblos, también, se equivocan cuando marchan y vitorean a personajes poco admirables. Aquí en Bolivia, con frecuencia, se repiten las proclamas transformadoras, los ofrecimientos de prosperidad y justicia. Sin embargo, la realidad tozuda desmiente, en forma absoluta, esas manifestaciones demagógicas.
La literatura de los últimos días es grandilocuente e irresponsable. Hasta ahora, han transcurrido más de diez meses y se ha gastado mucho dinero con el pretexto de refundar el Estado, se llama transformación y cambio a cualquier acción simple y repetidora del pasado. En la lógica del simplismo de las masas, ni siquiera se ruborizan cuando los comparan con divinidades absolutas.
Que todos los periodistas o por lo menos la mayoría son partidarios del régimen imperante, además de una exageración, pretende desconocer el carácter altamente profesional de los informadores que prestan servicios en la radio, en la televisión y en la prensa. Para no incurrir en el mismo error que criticamos, no podríamos decir que el régimen carece de simpatizantes, hay mucha gente que aplaude y respalda lo que está sucediendo. Esa variable es parte de la libertad y de la democracia. Nadie tiene derecho a prohibirlo.
Los dictadores que se sucedieron durante más de setenta años en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, excepto Lenin que fue filósofo y humanista en la dimensión total de los dos conceptos, actuaban con sentido propietarista aplastando toda crítica o sugerencia transformadora. La derecha mundial simbolizada patéticamente por Hitler no tuvo ningún inconveniente en utilizar los medios más crueles para obligar a marchar a los pueblos entonando himnos de alabanza a sus opresores. La organización política de la sociedad, como hemos dicho varias veces, no es sino una forma de legitimar el imperio de los más fuertes. La fuerza es, precisamente, la capacidad de unos cuantos para dominar, infundir miedo y en su caso para matar.
En esta parte del mundo, el acontecer político no es diferente, quizá en algunos momentos de la historia sea peor por la ignorancia y la audacia de coroneles, caciques y caudillos. Muchos ejemplos ensombrecen las páginas de la historia. Claro que la responsabilidad no es sólo de ellos. Los pueblos, también, se equivocan cuando marchan y vitorean a personajes poco admirables. Aquí en Bolivia, con frecuencia, se repiten las proclamas transformadoras, los ofrecimientos de prosperidad y justicia. Sin embargo, la realidad tozuda desmiente, en forma absoluta, esas manifestaciones demagógicas.
La literatura de los últimos días es grandilocuente e irresponsable. Hasta ahora, han transcurrido más de diez meses y se ha gastado mucho dinero con el pretexto de refundar el Estado, se llama transformación y cambio a cualquier acción simple y repetidora del pasado. En la lógica del simplismo de las masas, ni siquiera se ruborizan cuando los comparan con divinidades absolutas.
Que todos los periodistas o por lo menos la mayoría son partidarios del régimen imperante, además de una exageración, pretende desconocer el carácter altamente profesional de los informadores que prestan servicios en la radio, en la televisión y en la prensa. Para no incurrir en el mismo error que criticamos, no podríamos decir que el régimen carece de simpatizantes, hay mucha gente que aplaude y respalda lo que está sucediendo. Esa variable es parte de la libertad y de la democracia. Nadie tiene derecho a prohibirlo.