La técnica televisiva destruye la esencia de la política
12 de octubre de 2009 (20:46 h.)
Un efecto nocivo poderoso de los medios de comunicación en el fenómeno político, que hasta ahora no ha sido valorado en toda su dimensión, es la simplificación de ideas, programas y personas. Los spots publicitarios que se producen en el ámbito mercantil se han convertido en las formas dominantes de las que no se puede salir. Los que van a la televisión, por falta de capacidad o por una condescendencia servil, acaban reducidos a fórmulas que sirven para vender algunos productos más bien en el campo de la vanidad y de lo superfluo. Los políticos entrevistados tienen que responder con ideas simples y rápidas a preguntas todavía más simples y banales.
Generalmente, los que entrevistan son buenos locutores y quizá presentadores hábiles de sucesos que forman parte de esa rápida y superficial comunicación, que parece inherente a la velocidad que caracteriza la actividad de los medios televisivos vigentes. Pero, sin obligación de conocer la teoría del Estado, los aspectos básicos de la economía y las causas de ciertas relaciones sociales. Para preguntar es necesario saber tanto o más que la persona interrogada.
Alguien ha dicho que, en la televisión, el secreto consiste en presentar en el menor tiempo posible las ideas y los hechos más largos y profundos. Este mandato quizá sea útil en lo que respecta a propaganda comercial y quizá también a una determinada información respaldada por imágenes que sustituyen a cualquier descripción. Pero, en política, es simplemente destruir la esencia de tal actividad. Es, ciertamente, un atentado contra el pensamiento pretender que alguien explique un modelo económico o un concepto de la democracia en un minuto o bajo la presión de locutores que casi siempre saben preguntar, pero que jamás reconocen si las respuestas son buenas o malas.
La comedia comienza con la primera presentación de los actores, generalmente, tres o más. Los entrevistadores imponen no sólo los tiempos disponibles, sino también su sentido estético y su conocimiento sobre los temas a ser discutidos. Inician con voz impostada para preguntar con un simplismo alarmante sobre lo que los políticos piensan acerca del papel del Estado en la economía o la función de la moneda en el intercambio comercial. Algunas veces, se atreven a interrogar sobre asuntos más profundos, por ejemplo, la significación de los procesos inflacionarios para los sectores sujetos a ingresos fijos. Los interrogados responden con el mismo simplismo y superficialidad. En esas circunstancias, no hay nadie que diga si la respuesta fue o no correcta. Así lo más ignorante e irresponsable aparece legitimado por el silencio o la aceptación tácita de la respuesta.
La televisión, con la complicidad servil de los políticos, ya ha liquidado la esencia de la actividad de las personas en relación con la organización de la sociedad. Simplemente no es posible un análisis profundo y válido de ningún aspecto del Estado en esas condiciones. Es como pretender fabricar relojes en un taller de adobes y ladrillos. El simplismo y la ignorancia, obviamente, resultan del nivel de los actores pero, en muchos casos, condicionado por las circunstancias objetivas y subjetivas del acontecimiento.
Generalmente, los que entrevistan son buenos locutores y quizá presentadores hábiles de sucesos que forman parte de esa rápida y superficial comunicación, que parece inherente a la velocidad que caracteriza la actividad de los medios televisivos vigentes. Pero, sin obligación de conocer la teoría del Estado, los aspectos básicos de la economía y las causas de ciertas relaciones sociales. Para preguntar es necesario saber tanto o más que la persona interrogada.
Alguien ha dicho que, en la televisión, el secreto consiste en presentar en el menor tiempo posible las ideas y los hechos más largos y profundos. Este mandato quizá sea útil en lo que respecta a propaganda comercial y quizá también a una determinada información respaldada por imágenes que sustituyen a cualquier descripción. Pero, en política, es simplemente destruir la esencia de tal actividad. Es, ciertamente, un atentado contra el pensamiento pretender que alguien explique un modelo económico o un concepto de la democracia en un minuto o bajo la presión de locutores que casi siempre saben preguntar, pero que jamás reconocen si las respuestas son buenas o malas.
La comedia comienza con la primera presentación de los actores, generalmente, tres o más. Los entrevistadores imponen no sólo los tiempos disponibles, sino también su sentido estético y su conocimiento sobre los temas a ser discutidos. Inician con voz impostada para preguntar con un simplismo alarmante sobre lo que los políticos piensan acerca del papel del Estado en la economía o la función de la moneda en el intercambio comercial. Algunas veces, se atreven a interrogar sobre asuntos más profundos, por ejemplo, la significación de los procesos inflacionarios para los sectores sujetos a ingresos fijos. Los interrogados responden con el mismo simplismo y superficialidad. En esas circunstancias, no hay nadie que diga si la respuesta fue o no correcta. Así lo más ignorante e irresponsable aparece legitimado por el silencio o la aceptación tácita de la respuesta.
La televisión, con la complicidad servil de los políticos, ya ha liquidado la esencia de la actividad de las personas en relación con la organización de la sociedad. Simplemente no es posible un análisis profundo y válido de ningún aspecto del Estado en esas condiciones. Es como pretender fabricar relojes en un taller de adobes y ladrillos. El simplismo y la ignorancia, obviamente, resultan del nivel de los actores pero, en muchos casos, condicionado por las circunstancias objetivas y subjetivas del acontecimiento.