Paradójicamente, a esta altura, la Asamblea Constituyente es necesaria
20 de septiembre de 2007 (20:58 h.)
Ya no tiene sentido preocuparse por la racionalidad de la Asamblea Constituyente, mucho de lo que ha pasado y pasa en relación con ese experimento político, simplemente es inexplicable. Por ejemplo, la aprobación de su reglamento de debates gastando el ochenta por ciento o más del tiempo de que disponía para realizar las tareas que le fueron encomendadas, las propuestas clandestinas, así como las afirmaciones sorprendentes e insostenibles respecto de las reformas que deben hacerse en la organización del Estado-Nación. Un desorden mental que se multiplica y extiende, sin solución posible.
Entonces de lo que debemos preocuparnos es de cómo poner fin al ensayo, procurando evitar gastos sociales y económicos inútiles y exagerados. Y en lo que a lo esencial se refiere, es decir, a la forma de modernizar el país, parece que el acuerdo de partidos políticos con representación en la Asamblea Constituyente, es algo que tendremos que aceptarlo.
Uno de los problemas de mayor significación que, nos obliga a pensar y al mismo tiempo a contribuir para salvar la Constituyente, es la presencia de reformas a medias como las autonomías departamentales, la descentralización administrativa, la participación de las etnias mayores en el desenvolvimiento del Estado. Estos acontecimientos pueden ser completados sólo en una entidad con capacidad de modificar la Constitución Política del Estado. Para realizar esta tarea histórica en los niveles constituidos se necesitaría rehacer casi todo en un largo período de tiempo.
Lo que están haciendo los partidos políticos reunidos en su “cumbre”, histórica, jurídica y políticamente no es correcto. Están organizando instancias no sólo coadyuvadoras de la Constituyente, sino rectificadoras y conductoras. La Comisión de Concertación, en caso de constituirse será una entidad ajena a la Constituyente, sin embargo, con facultades para resolver diferencias y conflictos que la entidad reformadora no pueda solucionarlos. Se trata de imponerle a la Asamblea una instancia superior y rectora.
Se trata de hechos que una mentalidad lógica y organizada no podría comprenderlos, pero entre nosotros, parece que no hay otra solución. La Constituyente, paradójicamente, se ha convertido en un mal necesario. Los temas que anteriormente hemos señalado pueden ser tratados y resueltos sólo en ese ámbito. Algunas veces la resignación es una buena opción, ojalá esta vez los protagonistas, individualmente considerados, actúen con la seriedad que el país exige. No hay tiempo ni medios para seguir jugando. La ocurrencia refundadora ha quedado como una frase vacía, como un exabrupto irresponsable. Lo que ahora debe hacerse es realizar las reformas necesarias y posibles.
Entonces de lo que debemos preocuparnos es de cómo poner fin al ensayo, procurando evitar gastos sociales y económicos inútiles y exagerados. Y en lo que a lo esencial se refiere, es decir, a la forma de modernizar el país, parece que el acuerdo de partidos políticos con representación en la Asamblea Constituyente, es algo que tendremos que aceptarlo.
Uno de los problemas de mayor significación que, nos obliga a pensar y al mismo tiempo a contribuir para salvar la Constituyente, es la presencia de reformas a medias como las autonomías departamentales, la descentralización administrativa, la participación de las etnias mayores en el desenvolvimiento del Estado. Estos acontecimientos pueden ser completados sólo en una entidad con capacidad de modificar la Constitución Política del Estado. Para realizar esta tarea histórica en los niveles constituidos se necesitaría rehacer casi todo en un largo período de tiempo.
Lo que están haciendo los partidos políticos reunidos en su “cumbre”, histórica, jurídica y políticamente no es correcto. Están organizando instancias no sólo coadyuvadoras de la Constituyente, sino rectificadoras y conductoras. La Comisión de Concertación, en caso de constituirse será una entidad ajena a la Constituyente, sin embargo, con facultades para resolver diferencias y conflictos que la entidad reformadora no pueda solucionarlos. Se trata de imponerle a la Asamblea una instancia superior y rectora.
Se trata de hechos que una mentalidad lógica y organizada no podría comprenderlos, pero entre nosotros, parece que no hay otra solución. La Constituyente, paradójicamente, se ha convertido en un mal necesario. Los temas que anteriormente hemos señalado pueden ser tratados y resueltos sólo en ese ámbito. Algunas veces la resignación es una buena opción, ojalá esta vez los protagonistas, individualmente considerados, actúen con la seriedad que el país exige. No hay tiempo ni medios para seguir jugando. La ocurrencia refundadora ha quedado como una frase vacía, como un exabrupto irresponsable. Lo que ahora debe hacerse es realizar las reformas necesarias y posibles.