Una oposición política sin rumbo ni capacidad para asumir retos

Ya se observaba incluso antes de las elecciones generales del pasado 6 de diciembre, que la oposición política no estaba preparada para asumir los grandes desafíos que importaba hacer frente al oficialismo en la perspectiva de plantear alternativas ante el enorme aparato político, sindical y social del partido de gobierno.

Una oposición política se caracteriza por su discurso y planteamientos ideológicos, y en momentos en que el contrincante es cada vez más fuerte, la oposición asume resistencia en los mismos niveles que el opositor, es decir con ideas, planes, organización, disciplina y sobre todo grandeza de sus líderes.

Los partidos políticos y agrupaciones ciudadanas de la oposición ingresaron al ruedo electoral de diciembre pasado, divididos sin discurso coherente, con propuestas parciales que nunca estuvieron a la altura del gran acontecimiento que vivían los bolivianos y el país.

A todas estas circunstancias se unieron los procesos judiciales contra Manfred Reyes Villa el jefe opositor más importante y su posterior salida del país para evitar ser apresado por instrucciones de un mandamiento de apremio.

En medio de este panorama y como casi siempre ocurre en nuestro medio, los jefes políticos y candidatos opositores en las elecciones, luego de pasadas estas, desaparecen del escenario político o guardan un silencio sepulcral, situándose en una especie de ostracismo sin importarles los votos que obtuvieron del favor de sus electores. Parecería que se quedan sin ideas, paralogizados con la derrota.

Hoy, los pocos diputados y senadores opositores que han logrado llegar a la Asamblea Legislativa están ofreciendo un espectáculo penoso y degradante. La débil bancada de Convergencia Nacional, sin líderes ni coraje para articularse, no sólo que carece de un proyecto de oposición sino que se divide casi apenas comienza el trabajo legislativo, por lograr, individualmente, los pocos cargos en las comisiones y comités que tienen un presupuesto adicional, es decir que les importa ganar un poco más de dinero, a cambio de acercarse al oficialismo y así se ofrecen junto con su voto en una disidencia que deja al descubierto el oportunismo y una realidad que ratifica lo endeble de las convicciones de una oposición pusilánime y hasta cínica, que ni siquiera ha tenido la convicción de organizarse en una bancada, con objetivos mínimos que construyan un proyecto. La denominada Convergencia Nacional cuyo candidato obtuvo poco menos del 26 por ciento está dividida en la Asamblea Legislativa en dos, unos los que negocian acuerdos con el Movimiento Al Socialismo (MAS) a cambio de cargos y los otros que se debaten entre la indecisión y la frustración. La joven diputada cruceña Adriana Gil que ha develado a Opinión esta situación y ha dicho con claridad que están en riesgo las comisiones donde perdió el MAS, califica a los negociantes de su voto, como “vendidos”.

La política nacional discurre ahora entre un oficialismo fuerte y una oposición no sólo débil sino en extremo endeble en su posición moral y que parece, por ahora, sin ningún remedio.