Series de autor: Soderbergh y Koreeda le ‘sacan brillo’ a HBO Max y Netflix

Imagen de la serie japonesa ‘Makanai’, creada y dirigida por Hirokazu Koreeda./ NETFLIX

“Círculo cerrado” y “Makanai: la cocinera de las maiko” son dos de las miniseries más recomendables que se han estrenado en lo que va del año.

Que la televisión le robe espectadores al cine no es novedad. Que la “caja boba” ya no sea tan “boba”, tampoco. Que sus contenidos hayan alcanzado cotas de calidad envidiables para otros entretenimientos, menos aún. Lo que está menos publicitado es la progresiva migración de cineastas de cepa al reino catódico. No se trata de algo nuevo ni mucho menos: de Orson Welles a Olivier Assayas, pasando por Roberto Rossellini, David Lynch, Pablo Larraín y un largo etcétera, hay ejemplos de sobra que ilustran los no tan furtivos romances entre realizadores de cine y la pantalla chica. 

“Círculo cerrado” (Full Circle) y “Makanai: la cocinera de las maiko” son dos de los más recientes y auspiciosos productos televisivos que tienen origen en cineastas de élite. La primera es una miniserie de seis episodios dirigida por el estadounidense Steven Soderbergh, que aterrizó en HBO Max hace pocas semanas. La segunda es una miniserie de nueve capítulos creada y codirigida por el japonés Hirokazu Koreeda, que ya lleva un par de meses disponible en Netflix.

DE GEORGETOWN A NUEVA YORK

Soderbergh (Atlanta, EEUU, 1963) es un cineasta hace ya tiempo consagrado. Con solo 26 años, en 1989 ganó la Palma de Oro en Cannes por “Sexo, mentiras y videotape”, mientras que, por “Traffic” (2000), obtuvo el Oscar a mejor director. Entre una y otra, así como entre su filme sobre el narcotráfico y “Círculo cerrado”, ha hecho decenas de películas hasta completar una filmografía que ronda fácilmente el medio centenar de trabajos. La mayor parte de ellos son largos cinematográficos, pero tiene también segmentos de obras colectivas y algunas inmersiones televisivas. Ninguna de estas últimas ha merecido la atención que sí ha despertado la miniserie producida por HBO Max.

Creada y guionizada por Ed Solomon, con quien Soderbergh ya había colaborado, “Círculo cerrado” es un thriller de suspenso, con no pocos comentarios sociopolíticos, ambientado principalmente en Nueva York y, en menor medida, Georgetown, capital de Guyana. Narra el fallido secuestro de un adolescente descendiente de millonarios de la Gran Manzana, perpetrado por la mafia guyanesa de la ciudad. Sus protagonistas son dos actrices en estado de gracia, Claire Danes (“Homeland”) y Zazie Beetz (“Atlanta”), la primera en la piel de la madre adinerada del chico objeto del rapto y la segunda hace de la investigadora que sigue los pasos de los delincuentes guyaneses.   

Flaco favor se haría a los anti-spoilers de ventilar mayores detalles de la trama. Bastará con decirse que, en la construcción de su arco dramático, el también director de la saga Ocean hace gala de su oficio para administrar las tensiones familiares y las connotaciones políticas de la historia que cuenta, sin renunciar a las dosis de suspenso que se espera de una miniserie de esta naturaleza. 

Un atractivo adicional de “Círculo cerrado” es el foco que pone sobre una nación aún inhóspita para Sudamérica y América toda: Guyana. A más de uno debe sorprender que la otrora colonia británica no solo tenga una importante colonia en Nueva York, sino que, además, haya forjado su propio brazo criminal. La presencia guyanesa le confiere a la puesta en escena un acento particular, el muy melódico inglés que se habla en ese país, pero también una dimensión mística que se alimenta de las tradiciones religiosas originarias de ese territorio limítrofe con el océano Pacífico.

GEISHAS Y SUSHI EN KIOTO

Hirokazu Koreeda (Tokio, 1962) es otro cineasta consagrado por la cinefilia mundial. Para cuando se llevó la Palma de Oro en Cannes por “Un asunto de familia” (2018), el nipón ya contaba con una filmografía ampliamente celebrada en los circuitos festivaleros, gracias a títulos como “After life” (1998), “Still walking” (2008), “De tal padre, tal hijo” (2013), “Nuestra hermana pequeña” (2015) o “Después de la tormenta” (2017). La cinta que le mereció el premio mayor de la Costa Azul francesa sirvió para amplificar las señas distintivas de su cine, que formalmente se juega por cierto clasicismo y temáticamente escarba en los conflictos familiares. Aunque con una impronta dramática, sus relatos no están exentos de juegos lúdicos y giros humorísticos, que impiden al espectador ahogarse en la pesadumbre absoluta.

“Makanai: la cocinera de las maiko” tiene un talante más próximo a la inocencia de sus personajes infantiles y adolescentes, tan frecuentes en su cine. En sus nueve capítulos realata la historia de dos amigas que se trasladan de Aomori a Kioto para convertirse en “maikos”, esto es, aprendices de geisha. Se establecen en una casa especializada en educar a las futuras damas japonesas históricamente dedicadas a entretener y acompañar a hombres gracias a sus artes para el baile, el canto, la recitación poética y el servicio de té. Sin embargo, solo una (Sumire) rinde a la altura del entrenamiento de las maestras japonesas; la otra (Kiyo) se hace espacio cocinando para las habitantes de la casa.

En su irrenunciable candidez, la miniserie se las arregla para componer un fresco transparente del mundo femenino en el Japón contemporáneo, deteniéndose en los lazos de amistad entre mujeres de distintas edades y orígenes, sus inevitables tensiones durante la convivencia y su complejo relacionamiento con el mundo exterior, que es el de los hombres.

Un detalle nada despreciable de la obra de Koreeda es el escrúpulo de su fotografía y diseño de arte, que transforma el relato de crecimiento de las dos amigas en una experiencia sensorial, en la que se hace posible acariciar las pulcras telas floreadas que visten a las geishas y probar los sobrios platillos de alimentos frescos que las alimentan.

Para una plataforma repleta de productos estandarizados, como es Netflix, una miniserie como “Makanai…” es una feliz intrusión que invita a descubrir un mundo que aún guarda costados ignotos para el audiovisual occidental más mainstream: la vida doméstica en el Oriente más contemporáneo (con inevitables ecos a Ozu) y el universo específicamente femenino de las geishas en proceso.