Rodrigo Urquiola, siempre con la mochila de la ‘Bolivia morena’
El escritor habla de la nueva edición de ‘La memoria invertebrada’, a la venta en la Feria del Libro de La Paz, y de su participación en el festival internacional Desmadres.
Agosto ha empezado muy bien para Rodrigo Urquiola Flores (La Paz, 1986). El escritor boliviano ha estrenado una nueva edición de su volumen de cuentos La memoria invertebrada, publicada por Libros de la Montaña y disponible en la Feria del Libro de La Paz (en los stands de Solo Libros y Amta Café Cultural), que se extiende hasta este domingo 13. Mientras acompaña a ese y otros libros suyos en el campo ferial de Següencoma, ya está preparando la mochila para viajar al festival de literatura latinoamericana Desmadres, que se celebrará en Buenos Aires del 16 al 23 de este mes. Y, por si fuera poco, sigue festejando el pase a cuartos de final de la Libertadores del Bolívar, el equipo paceño del que es un incondicional hincha. Con la euforia celeste aún fresca, el narrador contestó a esta entrevista en la que comparte pormenores de la escritura de su libro recientemente reeditado y revela la orgullosa carga que se lleva consigo a la capital argentina.
P.- Leyendo la parte final de La memoria invertebrada, se puede saber que sus cuentos ganaron premios nacionales e internacionales y aparecieron en diferentes antologías. Al margen de sus logros, ¿cuáles fueron los criterios que guiaron la organización del libro?
R.- Empecé a escribir La memoria invertebrada en 2009, poco después de que se hubiera presentado Eva y los espejos, mi debut literario, otro libro de cuentos, en 2008. En ese entonces, todavía no sabía que estaba un escribiendo un libro que se llamaría así y que recién terminaría publicando en 2016. A decir verdad, tampoco tenía una noción clara de cuál iba a ser su unidad estilística o temática; como en mi primera experiencia como cuentista, dejé que me guiara el instinto, ese animal con el que todos convivimos. Solo cuando lo terminé me di cuenta de que había dos partes: ‘Historias de familia’ y ‘El monstruo’, dos maneras de buscar en las trece narraciones, ambas bajo el signo de memorias endebles o que continuaban construyéndose por siempre. Los premios o “el éxito literario”, lo que sea que ambas cosas signifiquen, nunca me han obsesionado al punto de que deba negar ciertas cosas en las que creo o cambiar rutas que me marque el instinto para acercarme a ellos. Para mí han sido necesarios porque me han permitido continuar escribiendo, pero no son un objetivo en sí, son apenas accidentes felices y, si están mencionados al final del libro, es también una pequeña manera de agradecer ese espaldarazo tan necesario en este oficio de soledad.
P.- ¿Qué te ha llevado a reeditar esta colección de cuentos?
R.- Por una parte, el pedido de los lectores. Recibí muchos mensajes pidiéndome el libro, sobre todo después de que saliera Ayer el fuego, que se publicó en 2022 y que tuvo una calurosa recepción. Por otra, una necesidad de revisar los cuentos con la madurez que se puede tener luego de siete años de su publicación. También me motivó el plan de la editorial Libros de la montaña por reeditar mis libros en ediciones más cuidadas que las anteriores.
P.- ¿Has retocado o reescrito los cuentos del volumen que se publicaron originalmente en conjunto en 2016?
R.- Más que de reescritura, hice un trabajo de limpieza. En la primera edición había muchas repeticiones innecesarias y me parecía que les faltaba oxígeno a los párrafos. No le cambié el sentido ni las acciones a los relatos. Confío en que conservan ese espíritu inicial con el que salieron por primera vez, sin embargo, también creo que el lector tendrá una mejor experiencia con esta edición. Me alegra mucho que varios lectores que ya tenían la de 2016 en esta Feria del Libro busquen esta para volver a leerla. Quedo muy agradecido con ellos.
P.- El libro se divide en dos grandes partes, “Historias de familia” y “El monstruo”. ¿Qué significan para Rodrigo Urquiola la familia y los monstruos?
R.- Quizás no encuentre yo grandes diferencias entre ambos conceptos. Una familia bien puede ser un monstruo, como en el caso de “El espantapájaros”, en el que un hombre mata a su esposa, escena maldita, pero cotidiana en Bolivia. En el caso de este libro, el asunto es sencillo, en la primera parte los cuentos trastocan la “normalidad” de las familias y, en la segunda, es el monstruo, algo ajeno y gigante (lo inexplicable sobrenatural, la guerra, las dictaduras, la locura dirigida), lo que interfiere en el orden de las vidas.
P.- Algo que comparte la mayoría de los relatos es el espacio geográfico, el sur semi rural de la ciudad de La Paz. Uno de los cuentos que escapa de ese espacio es “Conversación en el desierto”, ambientado en la Guerra del Chaco. ¿Qué retos supuso viajar al Chaco de los 30, en un cuento que, desde sus epígrafes, homenajea a la literatura de la guerra encarnada en sus dos Augustos, Céspedes y Roa Bastos?
R.- Empecé a leer a ambos Augustos por un par de libros de cuentos, el boliviano Sangre de mestizos y el paraguayo El trueno entre las hojas. Me impresionaron. Son de mis libros favoritos. Me asombraba también que esos dos escritores hermanados por un nombre y por la literatura se hayan acercado a las líneas de fuego. Una anécdota que siempre cuenta mi padre es la de mi abuelo, excombatiente, perdiéndose en ese desierto y encontrándose con el enemigo, otro ser extraviado. Ambos, fantasmas hechos de sed, deciden ser más inteligentes que nuestros gobernantes y no se matan. Todavía se conserva en casa el machete paraguayo que se trajo Víctor Urquiola del Chaco. Imagino que alguien, en Paraguay, conservará la bayoneta. Este cuento se construyó en base a esa experiencia y también con la admiración que siento por esos dos libros.
P.- Además de “Conservación en el desierto”, la sombra de la Guerra del Chaco se asoma, en forma de memoria, en siquiera otros dos cuentos, “El cazador” y “La memoria invertebrada”. ¿Crees que tu obra tenga alguna deuda con la llamada literatura de la Guerra del Chaco?
R.- Uno de mis cuentos favoritos de la vida es “El pozo”, de Augusto Céspedes. Uno de esos cuentos que te enseña a escribir cuentos. Muchos de nuestros abuelos o bisabuelos pelearon en esa guerra absurda. Puede que hayan muerto, pero sus historias quedaron flotando por ahí, como fantasmas. Soy uno de los “nietos” del Chaco y lo que sucedió allá ha marcado nuestra literatura nacional, esa otra escuela, con grandes libros narrados desde la perspectiva de los excombatientes, sus “hijos” y sus contemporáneos. (Entre mis libros favoritos están Chaco, de Luis Toro Ramallo; Laguna H3, de Adolfo Costa du Rels; o Aluvión de fuego, de Óscar Cerruto.) Nosotros, los “nietos”, hemos tenido que reconstruirnos esa historia de una manera imaginaria, accidentada, imprecisa porque la memoria es un objeto móvil. Tanto en “El cazador” como en “La memoria invertebrada” se habla de hombres a los que la experiencia en la guerra no les sirvió de mucho, quizás los hizo más huraños o violentos o aceleró la locura de la desesperación. En mi novela Reconstrucción, hay un loco que dice haber ido a la Guerra del Chaco, pero nunca fue, inventa historias heroicas, pero es todo intromisiones en la memoria oficial. Ese es uno de los “nietos” del Chaco también, otro de sus monstruos.
P.- Otro rasgo común en los textos es el punto de vista, que suele pertenecer a protagonistas masculinos. Ese patrón se rompe, de alguna manera, en “La caída”, donde el punto de vista es el de una mujer. ¿Qué dificultades implica para ti trabajar con un punto de vista femenino?
R.- Lo femenino es muy complejo en literatura. Pienso que un escritor varón apenas puede ser un espectador, pero muy difícilmente podrá acceder a ciertos territorios que le están vedados por la naturaleza. Y está bien que así sea. Cada escritor o escritora tiene su manera de observar el mundo y es maravilloso encontrarse en la literatura con el resultado de estas distintas exploraciones. En “La caída” quise narrar, más allá de un género, algo que había visto repetirse varias veces en diversas experiencias, cómo ni siquiera la belleza –esa suerte de fuerza o condena– puede evitar el fracaso.
P.- Acabas de anunciar que, en unos días más, participarás en el festival de literatura latinoamericana “Desmadres”, en Buenos Aires. ¿Qué estás preparando para intervenir en ese evento continental?
R.- Será un gran espacio de discusión e intercambio de experiencias entre varios escritores de diversos países latinoamericanos, una oportunidad de leernos e indagar hacia dónde vamos. Yo llevaré en mi mochila de viajero el barrio periférico sobre el que siempre escribo: esa Bolivia morena que nunca dejará de acompañarme.