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  • Diario Digital | viernes, 24 de mayo de 2024
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‘Pesadilla de un secuestro en California’: cuando la ficción deforma la realidad

Afiche en inglés de la miniserie documental./ NETFLIX
Afiche en inglés de la miniserie documental./ NETFLIX
‘Pesadilla de un secuestro en California’: cuando la ficción deforma la realidad

Los documentales ‘true crime’, en forma de películas o seriados, son un género narrativo en sí mismo. Y uno de los más populares, por cierto. Solo hay que ver el alcance que tienen en las plataformas de streaming. Uno de los que más ruido ha hecho en el último tiempo es “American Nightmare”, distribuido en el mercado hispanohablante como “Pesadilla de un secuestro en California”. Se estrenó hace unos días en Netflix y, solo por dar un dato, figura entre los 10 productos más vistos de la plataforma en Bolivia.

Formal y narrativamente es una miniserie documental de tres episodios que se acomoda a la fórmula más estándar para este tipo de relatos. Su atractivo radica en la propia historia que cuenta: el extraño secuestro de una treintañera que tuvo lugar en 2015 en una pequeña localidad californiana, de la que la principal sospechosa es la propia víctima. Así como se lee: Denise Huskins pasa de ser una rehén liberada tras 48 horas de captura a una mentirosa que fingió su desaparición forzosa. Ni siquiera la denuncia de que fue violada por su captor conmueve a autoridades, medios e internautas, para quienes es una embustera imperdonable.

¿A qué se debe el escepticismo ante su secuestro? A las atípicas circunstancias en que fue raptada y liberada (con linternas cegadoras, lentes de natación, dejada en puertas de su casa paterna), pero, sobre todo, al reciente estreno de la película “Perdida” (Gone Girl, David Fincher, 2014). En ese filme, basado en una novela de Gillian Flynn, la protagonista (Rosamund Pike) finge su desaparición para inculpar a su marido (Ben Affleck) y volcar a toda la opinión pública en contra del hombre. Así, el novio de Denise, Aaron Quinn, maniatado en el momento del secuestro, es también sospechoso del hecho, aunque no tanto como la mujer. Nadie les cree, salvo sus abogados, y nadie investiga el rapto que denunciaron, salvo una novata detective de una ciudad vecina. No tiene sentido adelantar más detalles sobre el desenlace de la historia. Antes bien, conviene valorar la miniserie como un producto que, aun con todos sus vicios estilísticos de origen, ilustra el poder deformante de la ficción, que es capaz de torcer la percepción de lo real. Y adicionalmente, ofrece una muestra de la negligencia de las instituciones y autoridades a la hora de gestionar las denuncias de violencia sexual de las mujeres, a las que, con frecuencia, prefieren tratar como mentirosas antes que como víctimas.