ADIÓS GENIO BOLIVIANO
“Esta noche el salar de Uyuni Gastón Ugalde no es blanco, está de luto”
“Leo en las redes que hoy murió. Y que tenía 79 años. No me lo creo. Ni lo uno ni lo otro. Él no tenía edad. Los inmortales no tienen edad. Y él es nuestro genio inmortal boliviano. Esta noche el ´Salar de Uyuni Gastón Ugalde´ no es blanco, está de luto”, señala parte del texto del periodista Juan Carlos Rocha, quien dedica una sentida despedida a uno de los más importantes artistas plásticos de Bolivia.
La muerte de Gastón Ugalde, considerado uno de los últimos artistas contemporáneos en el medio, fue anunciada ayer. Numerosas personalidades expresaron su gran pesar por la partida del artista plástico.
Una de estas personas es el periodista Juan Carlos Rocha, quien le dedicó palabras de reconocimiento, recordando la trayectoria prolífica del maestro Ugalde, matizadas con anécdotas que le tocó vivir.
A continuación, reproducimos el texto que Juan Carlos Rocha compartió en redes sociales.
Si hubiera que ponerle un nombre al Salar de Uyuni, tendría que llamarse “Salar de Uyuni Gastón Ugalde”. Él lo descubrió. Siempre estuvo allí, en el olvido altiplánico, pero nadie lo conocía ni lo valoraba. Hasta que llegó Gastón a contarnos de aquel mágico mar blanco. Y con su entusiasmo él lo convirtió en un inmenso lienzo blanco de 12.000 kilómetros cuadrados al que no hizo falta ponerle una gota de pintura para que sea la mayor obra de arte de Bolivia.
Amó aquel lugar hasta la obsesión cuando a nadie le importaba, que incluso trasladó quién sabe cuántas toneladas de sal a La Paz para literalmente construir con ellas su taller de la calle Ecuador en Sopocachi.
Los dos niveles amplios, las paredes y hasta una curiosa estructura donde montó una cama en aquel lugar, eran de sal. En el piso que replicaba el Salar se desperdigaban desordenados lienzos enrollados.
“Yo viviría en el Salar de Uyuni, pero como no puedo ir allá todo el tiempo, me lo he traído aquí”, me contó un día de enero de 2009, cuando llamó para entregarme una pintura que un año atrás yo le había pedido.
Estaba en mi oficina del diario de Auquisamaña y llamó para preguntarme si tenía tiempo para ir un rato a su taller de Sopocachi. Ignoraba la razón de su convocatoria. De tanto esperar, ya había perdido la esperanza de que un día hiciera aquella obra encargada doce meses antes entre whiskys en la barra de Capotraste de nuestro común amigo Mosca Claros, en San Miguel.
Así que asistí de mala gana. Era Gastón Ugalde. Y a Gastón Ugalde no se le podía decir que no. Dejé la oficina con la idea de volver un par de horas después, pero no retorné, ya sabrán luego por qué.
En su taller, llamado Salar, estaba él esperándome. Me hizo un tour por aquella sorprendente y curiosa construcción. Después llamó a un asistente suyo, un hombre que hacía de garzón y vestía elegantemente, como prestado de un restaurante parisino. “Por favor tráenos una botella de whisky porque vamos a hacer la ceremonia de entrega de un cuadro a mi amigo Juan Carlos Rocha”. Entonces supe que no se había olvidado de aquella vieja promesa de bar a punto de cerrar en la madrugada paceña.
El hombre volvió a los pocos minutos, y en su palma derecha de impecable guante blanco apoyaba una bandeja conteniendo una botella de whisky sin abrir, dos vasos y una hielera.
Brindamos. No pregunté en ningún momento por la pintura. Intuí que había un protocolo personal que quise respetar aun desconociéndolo. Después de la primera copa me mostró un cuadro que colgaba en su pared más alta, y me dijo: “Ese es tu cuadro, como eres periodista pensé que te podía gustar algo así”.
Era un Gabriel García Marquez con el ojo en tinta por el puñetazo que el 12 de febrero de 1976 había recibido de su colega y entonces amigo Mario Vargas Llosa por unos asuntos conyugales que la historia ha recogido con detalles.
La obra, de 150 x 150 cm, utilizó una técnica de puntos en lugar de trazos de pintura. Visto de cerca, no parece dar claras señales de qué se trata. Observado de lejos no solo descubre el rostro del laureado escritor colombiano, sino también el nombre de su obra cumbre con la que ganó el Nobel, que aparece casi escondido entre las facciones armadas con miles de puntos minúsculos.
Quedé maravillado por la obra, pero más que por eso por quien la había pintado: el genio mayor del arte en Bolivia de estas décadas, que además me honraba con su amistad.
Antes de que las copas hicieran más efecto, abrimos un paréntesis para el incómodo momento en que tocaba hablar del precio. Gastón me sorprendió con un método que me dijo era suyo y que lo utilizaba con los amigos: Yo tendría que decir un monto y cualquiera que fuera éste, él aceptaría sin demora.
“¡En qué me metí!”. Era más sencillo leer una cifra en una exposición o escuchar del autor un número. Pero que el comprador decida era demasiada responsabilidad. El sistema te obligaba a olvidar que eran amigos y a retribuir la confianza de aquella decisión maximizando todo lo posible la oferta. Decir un monto menor era quedar mal con él, casi como aprovecharse de la confianza. Era preferible excederse por lo alto que decir algo insuficiente.
Así que rompimos el breve paréntesis con un nuevo brindis. Y casi como quien no quiere arrancarle información, le pregunté cómo le había ido en su reciente exposición en Nueva York, de donde había retornado una semana antes. Me contó que de 40 obras que llevó vendió 39. Solo una había vuelto a La Paz.
Le pregunté el nivel de sus precios allá. Me dio algunos números y me dijo que a él le convenía más hacer exposiciones en el exterior, porque en Bolivia esas mismas obras valían tanto por ciento menos.
Ese era el dato que yo estaba esperando. Así que calculé mentalmente, saqué un promedio arbitrario entre los valores de los que me habló y volviendo al tema de su obra, que ahora era mía, le dije que aceptara un monto X (no lo diré aquí naturalmente). Y, tal como me anunció, antes de que yo termine de decir la cifra él casi me cortó y me dijo “Aceptado”.
Yo sabía que en los meses siguientes tendría que ajustar seriamente mis gastos por aquella aventura de coleccionista, pero no me importó. Fui feliz y la felicidad no tiene precio.
Celebramos su creación hasta la última gota de aquella botella. Nos duró algo más de un par de horas que aprovechamos para charlar, esta vez sin gritar como ocurría cada vez que nos encontrábamos en la barra de Capotraste tratando de hacernos entender en medio de la buena pero elevada música del bar.
Ya nos habíamos despedido con un abrazo en la puerta de Salar y yo que me había quedado con una espina de curiosidad, di vuelta desde la calle para preguntarle “¿Y cuál es esa obra que no vendiste en Nueva York y que trajiste de vuelta?”.
Me dijo que estaba ahí “botada sobre la sal” y que pasemos para buscarla. Volvimos. Gastón removió varios lienzos desordenados sobre el piso hasta que encontró el que buscaba. Estaba enrollado y era un cuerpo de mujer pintado, de 150 x 110 cm, que por aquellos años estaba de moda entre los artistas por influencia de los Painted Bodies de su amigo inglés-chileno Roberto Edwards.
“¿Y cómo es que no compraron esta hermosa obra en tu exposición?”, le pregunté confundido. En respuesta, me dijo más o menos algo así: “Hermano, las obras de arte las compran las esposas. En realidad, las mujeres deciden todo. Ellas eligen el color de la casa, de las paredes, de las cortinas y hasta del auto. Y cuando hay que comprar una obra de arte, van con sus maridos a las exposiciones y ellas deciden qué comprar. Comprenderás que a ninguna mujer le hace gracia llevar a su casa a otra mujer, nada menos que desnuda y encima bella”.
Celebramos sus expresiones esta vez solo con risas. El whisky ya se había terminado, pero sus efectos no. Así que me animé y le dije que me gustaba y que también me la quería llevar. Le pedí un precio y me respondió que yo ya conocía el método. Así que ensayé una cifra con la referencia de mi anterior oferta y él otra vez no dejó que termine de decirle el número y me cortó con un “Aceptado”.
Así de loco era el genio. Así lo recuerdo. Un loco lindo, entusiasta, irreverente, rompemoldes, audaz, creador incansable. Parecía un niño travieso siempre dispuesto a inventar algo nuevo y sorprendernos. Leo en las redes que hoy murió. Y que tenía 79 años. No me lo creo. Ni lo uno ni lo otro. Él no tenía edad. Los inmortales no tienen edad. Y él es nuestro genio inmortal boliviano. Esta noche el “Salar de Uyuni Gastón Ugalde” no es blanco, está de luto.
ESCALERA AL CIELO
Se trata de la obra maestra hecha por Gastón Ugalde, quien la emplazó en medio del inmenso salar de Uyuni, una de las maravillas naturales del mundo, ubicado en Potosí, al sur de Bolivia. Son cientos de bloques de sal que forman una gran escalera y la llaman Escalera al cielo.
La escalera al infinito es uno de los atractivos que se debe visitar dentro del desierto de sal más grande del mundo. No está muy lejos del pueblo de Colchane, ni tampoco de donde está el monumento al Dakar o la Plaza de las Banderas
Quien llega al lugar no duda en subir la Escalera al cielo, que por los efectos visuales que provoca la blanca planicie de sal, da la sensación de tocar el mismo cielo.