El lugar de la mirada: de las batallas a los rostros anónimos



La memoria, como un lugar de esparcimiento, de encuentro y reproducción de recuerdos y deseos, tiene el objetivo de retener recuerdos, es un acto reversible y ligado al pasado, pero en constante proceso de reconstrucción desde un lugar, el presente. Este lugar se inclina sobre el pasado mediante testimonios, fotografías, música y artículos. De esta manera, la memoria se actualiza desde el presente, es decir que se la convoca. Pero la memoria implica un trabajo, en el sentido de que se la crea, transforma y dota de forma, y así devendrá en relato histórico en algún caso.  

Sin embargo, para poder realizar el ejercicio de la memoria, ésta es una construcción, y se construye desde el propio espectador, sus consideraciones como sujeto activo, e incluso desde los fundamentos de una identidad cultural que configure su visión de la realidad, en este caso del fenómeno bélico del Chaco. En este sentido, las cinco piezas a ser comentadas, que hacen parte del proyecto “Una guerra de película”, intentan desde el presente producir una mirada sobre la memoria: tanto exploratoria como fascinante.

HIJOS Y NIETOS

A las cinco piezas galardonadas con el Fondo Concursable para la Creación Audiovisual del Municipio de Cochabamba 2014 les articula, como a la mayoría de los bolivianos, el tener un vinculo próximo, filial, con la experiencia de la Guerra del Chaco.

Ese espacio de extrañamiento, presa de la ficción como es la memoria siempre, es un trabajo, es decir una materialidad amorfa que se realiza desde el testimonio, la imagen, la música y el texto.

Algunos de estos materiales que trabajan la memoria se sitúan desde la ausencia y la evocación, la canción por ejemplo, cuando la hija de Víctor, protagonista del corto “Quejas del alma” (dirigido por Gabriel Prado), entona una cueca.

La promesa de la memoria, como lugar de residencia de las añoranzas de ella, solo se conoce por narraciones de su padre y familiares, por lo que nos situamos en la invención de la memoria en su veta oral, en un relato estrictamente familiar donde la puesta en escena del director permite contextualizar y dotar de soporte visual al relato de nuestra protagonista.

“Sueños de guerra” (dirigido por Santiago Espinoza y Luis Brun), como el título advierte, pretende aproximarse a un paisaje onírico, quizás distante e incluso irreal. La búsqueda es de Santiago Espinoza, a partir de un audio recuperado de su abuelo excombatiente. El nieto decide emprender la búsqueda de su memoria en un gesto acusmático. Los directores de la pieza articulan sentidos y constituyen el tramado sonoro y visual de la voz, apoyada en imágenes del ejército boliviano actual. Entonces nos ofrecen un problema, el único en su tipo en la cinematografía boliviana: abordar el Chaco desde el ejército actual, en prácticas del siglo que nos toca, como imagen subsidiaria de un audio que puede ofrecerse actual, pues describe algo simplemente imaginable, quizás irrepresentable, el testimonio de su abuelo. Esta voz, mediante los artilugios del montaje, compone un atractivo ensayo visual cuya única función es la evocación, pero, como el titulo sugiere, soñar una guerra.

Con gestos algo toscos, la construcción sonora el trabajo de “Posguerra” (Luis Fernando Rodríguez) busca crear un paisaje sonoro en torno de la muerte y la ausencia. En ese sentido, las imágenes fotográficas, lápidas, edificaciones de soledad se circunscriben en su apariencia a los caprichos de la banda sonora. Probablemente, se trate de una suerte de registro visual arquitectónico de un emplazamiento donde habitan los restos de beneméritos para buscar, como suele ser en estos registros, emociones en la audiencia. Sin embargo, no se constituye una imagen del Chaco.

La creación de una imagen o imágenes del Chaco transita por el gesto evocativo, representacional o documental, por lo que la pieza de Rodríguez se sitúa en el registro de la ausencia, del vacío en un espacio. El nicho de la asociación de mutilados e inválidos de la guerra es una suerte de interpelación al espectador, buscando esclarecer la existencia de este grupo de sobrevivientes.

Pero si los cementerios son el lugar de la soledad, naturaleza fragmentada, estatuas y tumbas olvidadas, el trabajo “Heroínas olvidadas”, de Cristian Antelo, nos plantea mediante la entrevista a su padre una descripción y, por esa vía, la actualización de objetos de colección de la Guerra del Chaco. Es decir, el cúmulo de artefactos y fotografías inventariados en esta casa museo sostiene el argumento de la memoria como reliquia, como objeto cuyos sentidos posibles transitan por la voz del especialista, en este caso, guía de museo, articulando significados históricoculturales.

En este ejercicio de mostrar, dotar de existencia, Antelo no escatima esfuerzo en transitar el reportaje en tanto muestra los objetos de forma didáctica haciendo del presente el único lugar de referencialidad, pues el imaginar ya es imposible, pero tiene el objetivo de homenajear a las mujeres enfermeras. Por ello el título de la pieza.

La última pieza, “Guerratatayta mikhuyakapusqa” (La guerra se ha comido a mi padre), de María Elena Solares y Marisol Díaz, busca homenajear a las hijas y nietas de los combatientes indígenas. Toma el presente de mujeres para no solo acercarse al Chaco en la memoria, sino al presente de ellas. El lugar de la memoria y la mirada no se ancla en crear imagen del Chaco, sino en atestiguar el presente de las descendientes de combatientes e invitar al espectador a pensar en las condiciones de vida y en el cómo se recuerda. Este trabajo, como todos los demás del fondo concursable, bien puede contrastarse con la cinematografía oficial, que busca las grandes batallas, episodios heroicos y nombres en bronces.

El lugar de la mirada sobre el Chaco parece transitar de las batallas y la épica del infierno verde hacia los rostros periféricos, casi anónimos, donde se reconocen los hombres y habita la memoria, mientras que la historia es patrimonio de los grandes relatos subsidiarios de proyectos estatales abarcadores.

*El autor es crítico de cine.