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  • Diario Digital | miércoles, 03 de junio de 2026
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‘Días perfectos’: Wim Wenders vuelve a Tokio, al Oscar y a cines de Bolivia

El gran cineasta alemán habla sobre el rodaje en Tokio de su más reciente y elogiado trabajo, que está nominado a mejor película internacional. Se estrena hoy en el cine Center de Cochabamba.

Wim Wenders (d) revisa el guion durante el rodaje de ‘Días perfectos’, en Tokio./ NEON
Wim Wenders (d) revisa el guion durante el rodaje de ‘Días perfectos’, en Tokio./ NEON
‘Días perfectos’: Wim Wenders vuelve a Tokio, al Oscar y a cines de Bolivia

Wim Wenders es, ante todo, un viajero. Allí donde sus contemporáneos se ocuparon de una Alemania corroída por la posguerra, el director de Paris, Texas prefirió lanzarse a la ruta y explorar el significado del desplazamiento para los años 70 y 80. En la errancia, detectó la situación perfecta para la contemplación existencial, y descubrió que solo en el vacío puede alguien observarse verdaderamente; que la diferencia entre moción y emoción es de apenas una letra.

En diálogo con la revista ROLLING STONE, sin embargo, Wenders confiesa un cierto deseo de desacelerar. Su película más reciente, una producción japonesa titulada Perfect Days, es su ficción más celebrada en décadas, y él la está dignificando con un ciclo promocional incesante. Al momento de esta entrevista, cuando todavía faltaba un día para que se confirmara la nominación al Oscar a Película Internacional, Wenders decía entre risas: “Me honra saber que puedo estar nominado en representación del país de Yasujirō Ozu, pero mi vida sería mucho más sencilla si ya me dejaran volver a casa”.

Perfect Days sigue el día a día de Hirayama (Kōji Yakusho, Mejor Actor del último Festival de Cannes), un limpiador de baños que trabaja en Shibuya y encuentra, en la rutina y en el oficio bien realizado, una vía hacia la plenitud. El film (que desde hoy se exhibe en el cine Center de Cochabamba y otras salas de Bolivia) pronto estará disponible en la plataforma MUBI.

“Todas mis películas nacen del espacio”, cuenta el cineasta germano por videollamada, desde alguna habitación de Los Ángeles. “La historia y los personajes nacen de lo que me sugiere una ciudad, y en general creo que la condición para que una película se torne universal es que sea específica en su anclaje a un lugar. En el caso de Perfect Days, la premisa nació de mis encuentros con Tokio y con una cultura cinematográfica de la que soy deudor: la de Ozu”.

A lo largo del tiempo, Wenders se ha expresado profusamente sobre el impacto que tuvo Ozu en su propia filmografía. Lo venera, principalmente, por su representación pura de la realidad; por su capacidad de construir imágenes que se bastan a sí mismas sin la necesidad de portar sentidos secretos o complicaciones psicologistas. En su libro Inventing Peace, describió su primera impresión al ver una película del autor japonés: “El ritmo de la pantalla se fusionó con el ritmo de mi atención y con el de mis latidos. La sencillez y la claridad hicieron que mis propios sentimientos pudiesen ser claros y sencillos”. Esa misma es la clave de lectura que propone Perfect Days: la del rendimiento a un flujo amable y también austero.

“En los últimos años, conocí a muchos jóvenes que pertenecían a una especie de club: el de quien puede vivir con menos. Si no puedes empacar todo lo que tienes en una valija, básicamente no te dejan ser parte”, se explaya Wenders. “Lo que estas personas compartían, además de su tranquilidad y su compostura, era su valor propio: sabían lo que querían de la vida y no estaban perdidos. Mucha gente no sabe quién es, y me di cuenta de que la sustracción es un concepto clave en la autodefinición. Cuando volví a Tokio y me expuse a la pulcritud japonesa, recordé la importancia de sustraer e inventé el personaje de Hariyama en base a esa idea”.

La génesis concreta de Perfect Days se remonta a principios de 2022, cuando Wenders recibió una propuesta de las autoridades de Shibuya. Ocurría que la Nippon Foundation se encontraba llevando adelante el Tokio Toilet Project, una iniciativa para modernizar la higiene pública del distrito, y necesitaban de un documentalista reconocido que fuese capaz de captar la belleza de los 17 baños de alta tecnología que se construyeron en la zona.

“No me sentí inspirado a filmar un documental sobre los arquitectos y sus creaciones, pero intuí que había algo mucho mayor detrás de estos baños. En lugar de filmar cuatro cortos, opté por contar una ficción que tenga como principal protagonista a un limpiador de baños. Si algo aprendí de mis propias películas, es que los lugares viven mucho mejor en las historias que en los documentales”.

Cuando avecina el período crepuscular de un artista, suele aflorar un deseo de sintetizar la propia obra y trascenderla; de condensar la identidad y abrevar su esencia. Wenders, que tiene 78 años, logró con Perfect Days uno de esos manifiestos superadores. (…)

Donde Wenders ejerce una suerte de purificación es en el elemento constitutivo de su cine: el del viaje. (…) Pero Perfect Days es una película deliberadamente quieta, construida sobre la repetición. En todo caso, si hay una road movie, es hacia el interior de su protagonista. “Nos dimos cuenta de que el componente principal de la historia era la rutina”, dice Wenders. Esto, claro, supuso un gran desafío dramatúrgico: el de contar la monotonía sin incurrir en ella. (…)

“Todas las semanas, Hirayama saca fotos que revela en sus días libres. Cuando termina un rollo, compra otro. No compra diez. Esa reducción lo conduce a saber lo que hace y a entender que su felicidad yace en dedicar su atención completa a una sola cosa. El mundo digital nos ofrece una enormidad de opciones, y la cantidad nos desquicia. Yo mismo soy víctima de una abundancia de posibilidades. Hirayama es un gran maestro y nos enseña que menos es más. Si cada mañana elige un casete y no otro, está consagrando su lema del día”. La colección de Hirayama no es cuantiosa, pero está muy bien curada: incluye discos de Patti Smith, Van Morrison y The Velvet Underground. (…)

Si la santidad que propone Perfect Days es la de un estado de presencia absoluta, valdría decir que la película comporta una fuerte espiritualidad budista. Wenders es protestante, pero lo que comparte con el budismo, a fin de cuentas, es una ética del ascetismo, que aplicó a la hora de definir la puesta en escena. “Podríamos haber filmado con equipos lujosos, un gimbal y un steadicam, pero preferimos aplicar la filosofía del protagonista a nuestra película y reducir la puesta a lo mínimo indispensable. Nuestro mínimo era mi director de Fotografía, Franz Lustig, con una cámara al hombro. Y nada más. Reducir el número de opciones nos dio la libertad de hacer lo que quisiéramos y así disfrutar del acto de filmar”.

Ante la situación de la narración controlada, Wenders siempre prefirió la ligereza de equipos y la maleabilidad de un guion abierto, justamente por la libertad que ofrecían. (…)

“Una película así, sin un gran actor, se hubiese caído a pedazos”, reconoce Wenders. “Necesitaba a alguien que pudiera decirlo todo con sus ojos y que también fuera convincente a la hora de interpretar a un personaje que es feliz con poco. En manos menores, se hubiese generado un romanticismo horrible, y yo lo que quería era mostrar a este estilo de vida como una posibilidad realista. Me preguntaron a quién tenía en mente, e inmediatamente dije Kōji Yakusho. No se me ocurría un mejor actor en el planeta para este papel”.

“No hubo un solo segundo en el que Kōji no estuviese con Franz y conmigo. El último día, cuando terminó de grabar la escena con la canción de Nina Simone, me preguntó si era cierto que había contratado un tráiler para él. Lo llevamos hasta ahí, empezó a reír y me dijo: ‘En todas las películas que hice, debo haber pasado el 90% del tiempo encerrado en estas cosas. Con ustedes, estuve siempre en el set y nunca me sentí más feliz’. Todo esto, de vuelta, fue gracias a la sustracción. Las decisiones de verdad poco tienen que ver con qué tecnología y qué equipo usar. Lo verdaderamente importante es lo que hace el hombre y cómo lo hace”.