David Aruquipa: La sostenibilidad de proyectos culturales requiere nuevas estrategias
La cultura en Bolivia encuentra en el arte una forma de resistir, narrar y reconstruir país.
Desde las coplas del Valle Alto hasta la experimentación audiovisual en las ciudades, la producción artística es un reflejo vivo de tensiones sociales, luchas políticas y búsquedas identitarias. Hoy, sin embargo, el escenario cultural enfrenta un momento particularmente complejo, marcado por retos institucionales, económicos y simbólicos que exigen nuevas herramientas para imaginar el futuro.
Para el director del Centro de la Revolución Cultural (CRC), David Aruquipa, uno de los puntos centrales es entender que la cultura no es solo un conjunto de expresiones estéticas, sino un campo político en movimiento.
“Los artistas han transformado el país; han recuperado la democracia. El canto ha sido un instrumento total”, afirma, recordando la larga genealogía de la creación como resistencia. Pero esa potencia simbólica necesita estructura, continuidad y política pública sostenida para poder expandirse.
PERSISTENCIA El CRC nace con el mandato de fomentar la creación artística desde su origen, acompañando procesos de producción y no únicamente la difusión de obras concluidas. Por ello, promueve laboratorios creativos, apoya proyectos emergentes y genera espacios de investigación sobre historia del arte y genealogías locales. En los últimos años, este impulso permitió democratizar el acceso a recursos: proyectos culturales en Pando, Beni o Tarija, que eran territorios usualmente periféricos frente al eje cultural nacional, han encontrado apoyo para desarrollarse.
Sin embargo, persisten los riesgos. La falta de organizaciones fuertes en el sector cultural, la poca articulación entre colectivos artísticos y la inestabilidad institucional pueden derivar en retrocesos. Aruquipa lo plantea con claridad, “estamos en un momento político en el que no hemos visto propuestas fuertes para el sector cultural. Si no hay capacidad de organización, los programas pueden desaparecer”.
CRISIS DE CONSUMO CULTURAL Uno de los desafíos más urgentes se encuentra en las formas de producción y consumo cultural contemporáneas. El acceso masivo a información, la aceleración digital y la economía de la atención han modificado la relación entre las audiencias y las obras.
“Estamos en una época donde muchas obras se vuelven frágiles, pasan rápido, se pierden”, señala Aruquipa. El riesgo es que el arte se adapte únicamente a la lógica del mercado inmediato, sacrificando profundidad conceptual y reflexión crítica.
La disminución de la lectura, la reproducción de formatos estandarizados en música y la presión por ajustarse a tendencias globales pueden reducir el arte a la inmediatez y la reacción, en vez de permitirle regenerar discusiones sociales de largo alcance.
Sin embargo, Aruquipa insiste en no romantizar el pasado: las nuevas generaciones están creando desde códigos distintos, híbridos, transdisciplinarios y allí también habita futuro. El reto es cómo esas obras pueden generar impacto, memoria y continuidad.
ECONOMÍA CULTURAL El financiamiento es otra preocupación determinante. Fondos históricos han ido reduciendo sus categorías, difusión, montos y la crisis económica nacional ha repercutido directamente en el sector. La sostenibilidad de proyectos culturales, por tanto, requiere nuevas estrategias: desde fortalecer presupuestos públicos hasta generar alianzas con cooperación internacional y espacios privados que comprendan la cultura como bien social y estratégico.
El CRC trabaja en convocatorias que promueven creación desde las letras, las artes visuales, musicales, escénicas y audiovisuales, pero la continuidad de estos fondos depende también de que el propio sector cultural actúe como sujeto político capaz de defenderlos.
CULTURA, ESPACIO DEL FUTURO Pese a las tensiones, hay señales de construcción; recuperación de memorias orales de artistas, iniciativas de formación reflexiva vinculando arte y política, y el proyecto de una infraestructura propia del CRC en la ciudad de El Alto, pensada como semillero de creación e investigación.
Más que nostalgia por un ayer idealizado, lo que se plantea es una pregunta abierta: ¿cómo hacer de la cultura un espacio donde la sociedad boliviana pueda pensarse y transformarse?
Su respuesta es que no vendrá solo del Estado, sino de la potencia colectiva del campo artístico; sus diálogos, sus tensiones, su capacidad de organización y su convicción de que la cultura sigue siendo una de las formas más profundas de imaginar país.