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  • Diario Digital | miércoles, 19 de junio de 2024
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‘Cómo tener sexo’, filme sobre una ‘juventud sin éxtasis’, llega a Mubi

La producción británica, dirigida por Molly Manning Walker, ganó la sección Una Cierta Mirada del pasado Festival de Cannes, y se convirtió en una favorita de la crítica internacional.
Los actores Mia McKenna-Bruce (Tara) y Shaun Thomas (Badger), en una escena de ‘Cómo tener sexo’./  BFI.ORG
Los actores Mia McKenna-Bruce (Tara) y Shaun Thomas (Badger), en una escena de ‘Cómo tener sexo’./ BFI.ORG
‘Cómo tener sexo’, filme sobre una ‘juventud sin éxtasis’, llega a Mubi

Difícil que una película con un título tan explícito pase desapercibida. “Cómo tener sexo” es la ópera prima de cineasta británica Molly Manning Walker, que, luego de un exitoso paso por festivales y premiaciones internacionales, desembarcó en la última semana en la plataforma de streaming Mubi.

Sin embargo, el nombre del filme puede resultar algo engañoso. No es una guía didáctica sobre cómo llegar a tener relaciones sexuales. Tampoco es un producto de pornografía artística con derroche de escenas carnales. Menos aún, un panfleto que celebre el hedonismo desbocado o satanice la hiper sexualidad juvenil.

“Cómo tener sexo” es una película que explora en los claroscuros de despertar sexual particularmente femenino, cuidándose de no banalizar la búsqueda del placer físico ni de escamotear las violencias más o menos explícitas que asedian a los cuerpos deseantes.

El corsé genérico desde el que la debutante Manning Walker se acerca al asunto es el coming-of-age, esto es, un relato de crecimiento en el que los personajes dejan de ser niños para convertirse en adultos, solo después de cumplir unos rituales no exentos de desencanto y de dolor.

En “Cómo tener sexo”, los personajes son tres amigas inglesas de 16 años, Tara, Skye y Em, quienes viajan de vacaciones por primera vez sin sus padres hasta un resort de fiesta en una isla griega. De las tres, Tara (Mia McKenna-Bruce) es la que centraliza la atención de la historia: su viaje a la adultez se convierte en el nudo de la trama.

El propósito último de las vacaciones de Tara es perder la virginidad. Para ello se embarca en un bacanal interminable de borracheras y fiestas en discotecas. Conoce a unos chicos que se alojan en el cuarto contiguo de su hotel y coquetea con más de uno, en busca del ansiado debut sexual. Mientras su cuerpo se entrega a la conquista del placer, su cabeza se atasca en el futuro que le espera. Por más que lo intenta, no puede reprimir del todo la angustia por los resultados de unos exámenes que habrán de definir su educación.   

El sexo aparece como la cura ante la incertidumbre de los días por venir. El placer promete ser el último refugio frente a la inminencia de la adultez. Sin embargo, con el sexo llega, más que el éxtasis físico, la confusión. Los límites entre el consentimiento y la violencia se desdibujan y desatan una nueva crisis en Tara, al no encontrar en su cuerpo las respuestas que no dejan de machacar su cabeza.  

Aunque arranca con la cámara casi pegada a sus protagonistas, exaltando la sensualidad que exudan y sometida al ruido de su griterío, la película se parte en dos y se convierte en otra al introducir una toma panorámica de la pequeña ciudad vaciada de gente e infestada de basura. Son los restos de la noche. El día después del exceso. Un paisaje cuasi apocalíptico en el que Tara es una sobreviviente. Una sobreviviente que, sin embargo, está perdida. El sexo no ha cumplido su promesa. Sigue estando tan sola y extraviada o, incluso, más que cuando aún creía en el poder redentor del cuerpo.

La directora sortea cualquier riesgo aleccionador o moralizante. Ni siquiera en su retrato de los hombres es taxativa, pues, si, bien reconoce su papel en el círculo de violencia que rodea al sexo, no llega a culpabilizarlos del todo. El desenlace del relato es abierto. De alguna manera, desacraliza el sexo o, más cabalmente, el despertar sexual. Lo hace sin desconocer el lugar constitutivo que tiene en el tránsito hacia la edad adulta. Lo reconoce como un rito de pasaje inevitable, que incide en la identidad de los sujetos, pero que de ningún modo debiera condicionar el resto de sus vidas.