Niños “pagan sentencia” junto a sus madres

El frontis del recinto penitenciario femenino de Cochabamba./ MELISSA REVOLLO

Existen posturas que coinciden entre las privadas de libertad y las autoridades; de alguna manera, los niños que viven en la cárcel también cumplen la sentencia de sus madres.

“No solo cumplimos la condena nosotras, sino también nuestros niños. No son solo más de 300 internas, sino más de 300 familias destrozadas”, dice Lucía.

En la misma línea, Vidal refiere: “Lastimosamente, los niños también están pagando una pena que no deberían pagar. Pero es que ellas no tienen dónde dejarlos y quieren estar con sus hijos”.

El hacinamiento también afecta a los niños.

“Es complicado tener a un niño aquí”, afirma Lucía. “No tenemos espacios para que jueguen, materiales didácticos, y tampoco todo el mundo es tolerante. Tenemos de todo, y claramente es difícil sobrellevar el encierro con un niño”.

La ley habla de guarderías para los hijos de las privadas de libertad, pero con el hacinamiento eso solo queda en papel. Vidal explica que el espacio que le corresponde a cada interna es del tamaño de una cama de una plaza, apenas para estar junto a su hijo. En 2012, la situación era un poco más llevadera; había dos espacios destinados para los niños – uno para menores de tres años y otro para los mayores hasta los seis – y dos o tres internas se encargaban de cuidarlos mientras sus madres trabajaban en distintas áreas del penal.

Hoy, el hacinamiento lo impide todo. No hay espacios para jugar, estudiar, ver televisión ni siquiera para dormir bien. Cuando se trata de mujeres privadas de libertad con niños, se prioriza su ubicación; apenas hay espacio en las catreras, las trasladan allí.

CUANDO VAN A LA ESCUELA

La delegada defensorial departamental de Cochabamba, Marioly Álvarez, describió que existe preocupación en las madres, porque, a veces, sus hijos sufren maltrato.

“Hay niños de cinco, seis años que ya van a unidades educativas. Cuando reciben maltratos, no saben a quién reclamar. Entonces, nosotros hemos atendido el reclamo, las quejas, para también ver por qué en la unidad educativa se actuó de determinada manera, que intervenga la Defensoría de la Niñez y Adolescencia, y cese esa situación”.

CUANDO SE ENFERMAN

Las dolencias leves se atienden dentro del penal. El médico general asignado a San Sebastián Mujeres, que trabaja de lunes a viernes, también revisa a los niños, aunque lo ideal sería contar con un pediatra. Ellas están agradecidas por el servicio y los esfuerzos por conseguir medicación.

Cuando ocurre una emergencia, hay dos posibilidades: que el juez autorice a la madre a acompañar a su hijo al hospital bajo custodia, o – lo más común – que el traslado se coordine con familiares externos. Si no los hay, la trabajadora social en coordinación con la DNA asume esa tarea.

La intervención de la DNA es clave desde el inicio, cuando la madre ingresa con su hijo, durante su permanencia y, sobre todo, en el momento de la separación, cuando el niño cumple seis años. Ese instante, dice Vidal, “es profundamente doloroso, pero con el tiempo las madres logran entenderlo”.

Cada historia es distinta. Vidal recuerda casos en los que los niños, una vez fuera, no quisieron volver a las cárceles: descubrieron un mundo nuevo, con parques, espacios amplios y rutinas distintas, sobre todo cuando quedaron al cuidado de familiares.

La realidad de cada madre y su hijo es distinta. Cuando un niño es enviado a un centro de acogida, la distancia se vuelve más dura. La delegada defensorial departamental de Cochabamba, Marioly Álvarez, explica que, tras la disposición judicial, los funcionarios encargados del seguimiento muchas veces no informan a las madres sobre el estado de sus hijos, lo que las deja en angustia.