Familias honran a sus difuntos y la tradición de Todos Santos
Esperanza García y sus dos hijas prepararon y hornearon desde la mañana del pasado miércoles una variedad de masitas para armar una mesa, llamada mast´aku, con el fin de recibir el alma de su difunto esposo, Nicanor López, quien falleció hace tres años aquejado por una enfermedad terminal.
La mujer de 58 años asegura que recibir a sus difuntos al mediodía del 1 de noviembre, y despedirlos al día siguiente, es una tradición que heredó de sus padres y estos a su vez de sus padres, por lo que se toma el tiempo que sea necesario para agasajar a las almas de sus seres queridos que, según la tradición, llegan a este mundo para permanecer por 24 horas.
LLEGAN LAS ALMAS
“Es creencia de que, en la fiesta de Todos Santos, todas las almas llegan a sus casas para compartir un momento con sus familiares, servirse de la comida que solía gustarles más en vida y que sus deudos colocan sobre las tumbas o túmulos preparados ex – profesamente”, asegura el historiador Juan Clavijo Román.
Sobre este punto, Esperanza García puntualiza que preparó junto con sus hijas masitas “en abundancia”, debido a que en 2020 no pudo recibir la visita de sus familiares y amigos a causa de la pandemia, y este año quiere reivindicarse con su difunto esposo.
El día primero de noviembre, después del mediodía, llegan los rezadores a su vivienda ubicada en la zona del Seminario, al oeste de la ciudad, a quienes Esperanza les prodiga masitas, entre ellas las conocidas t´anta wawas.
“La noche de Todos Santos es interesante ver cómo todos los vecinos van visitando de casa en casa para rezar por los difuntos; en todas las casas sirven con solicitud, bebidas, ponches variados y obsequian fruta seca, lo que van reuniendo en bolsas especiales, para alimentarse varios días”, señala el historiador.
Clavijo agrega que una vez que la mesa está preparada y abierta a los visitantes, llegan principalmente los vecinos, pero también personas de barrios distantes que recorren la ciudad en grupos con el fin de “acompañar a los dolientes y elevar oraciones por las almas. Rezan tres padrenuestros y tres avemarías, mencionan al final el nombre o nombres de los difuntos”.
SINCRETISMO
La investigadora socio-cultural Melby Mojica señala que con la llegada del mes de noviembre llegan las celebraciones de Todos Santos y de Difuntos, “ambas dedicadas a honrar y comprender el sentido de la vida y la muerte, desde las perspectivas y visiones de la Iglesia católica y la cosmovisión andina, como también considerando mucho del sincretismo producto en razón de tiempo y espacio de la dinámica en la cotidianidad cultural”.
En la celebración del 1 de noviembre la Iglesia católica celebra la solemnidad de Todos los Santos, fiesta instituida en honor a todos y cada uno de los santos, conocidos o desconocidos, por su gran labor de difundir el mensaje de Dios.
La celebración de Difuntos, el 2 de noviembre, se desarrolla enriquecida por las dos vertientes, definidas por la religiosidad de la Iglesia católica y el ritualismo de la cosmovisión andina, puntualiza Mojica.
Ambas celebraciones están revestidas de mucha emotividad y sentimiento, pues el misterio de la vida y la muerte continúa siendo motivo de mucha preocupación en nuestra sociedad.
Los practicantes de la Iglesia católica en estos días ofrecen misas, oraciones y arreglos florales, en recuerdo y agradecimiento a los santos y el descanso eterno de las almas de los difuntos.
Mojica agrega que desde la mirada cíclica de la vida y la muerte en la cosmovisión andina de los pueblos originarios desde tiempos ancestrales, se tenía la creencia y la costumbre de entrar en reciprocidad con sus difuntos al esperar la visita de sus almas durante todo el mes de noviembre, pero a partir de la extirpación de las idolatrías durante la colonización y el posterior sincretismo en la modernidad, este tiempo de recibir a las almas se reduce también a solo los días de Todos Santos y Difuntos.
MAST´AKUS
Esta herencia ancestral para recibir a las almas en Cochabamba se practica a través de los mast’akus, palabra quechua que hace referencia a extender un tendido con las comidas y bebidas que el fallecido en vida disfrutaba.
Es importante resaltar que las almas de los difuntos se constituyen en entes protectores, que nos acompañan, aconsejan, guían y protegen y que, de acuerdo a cómo los recibimos, pueden interceder por mejores días, para los que todavía nos encontramos en este plano de la vida terrenal, señala la investigadora socio-cultural.
“Sin embargo, otra de las condiciones fundamentales para recibir a nuestras almas son la armonía, paz y tranquilidad que deben existir en el entorno de la familia consanguínea y espiritual, durante el tiempo de espera de la visita de las almas”.
El mast’aku se prepara después de cumplir con los diferentes rituales que se desarrollan en torno al tiempo de duelo, es decir cumpliendo mínimamente hasta los seis meses transcurridos desde la muerte del difunto.
EN FAMILIA
Durante la elaboración de los urpus y t’anta wawas está establecido un tiempo del mundo masaku, (día en el que se amasa) en el que se convoca a la familia para que cuando se tenga que preparar el turco o la t’anta wawa, que representa el cuerpo del difunto, sean claramente establecidas las características que identificaban al difunto (presencia de lunares, forma del rostro, la nariz etc.) También dice la tradición, que para que el alma pueda reconocer a las personas que participaron en la preparación del mast´aku, estas deben elaborar t’anta wawas y urpus. Lo mismo ocurre con la presencia de los platos de comida en la mesa de ofrenda a las almas, esta, dice que debe ser ofrendada por los familiares, amigos y vecinos.
ELEMENTOS
La presentación del mast’aku, o mesa de difuntos como llaman algunos, debe tener un orden establecido para ubicar a los elementos en los respectivos espacios concebidos en la cosmovisión andina y un orden estético que traduce el amor con el que se prepara el recibimiento.
En la parte superior estarán ubicados aquellos elementos que pertenecen al Janaj pacha, como las deidades del universo. El sol, la luna, y dentro del sincretismo algún crucifijo y ángeles.
En un espacio intermedio que es el Kay pacha, se ubican la t’anta wawa, que representa el cuerpo del difunto y la fotografía.
En este mismo espacio se presentan las comidas y las bebidas que en vida eran del gusto del difunto.
Y un espacio inferior que representa el Uku pacha, espacio en el que residen los entes del inframundo, y que no significa el infierno de la visión católica.
La estética está visualizada con la presencia de flores, guirnaldas de colores que representan sexo, edad y estado civil en vida del difunto.
“Por todos estos argumentos, es importante fortalecer estas costumbres y tradiciones que fomentan la práctica de valores de solidaridad, reciprocidad, amor, respeto y convivencia familiar. No permitamos que el mercantilismo socave nuestros sentimientos, nuestras costumbres y tradiciones que dignifican la vida y la muerte”, señala Mojica.
Agrega que “nada reemplaza la convivencia familiar. No es posible que, con el pretexto de la reactivación económica, para superar la crisis pospandemia, o que la frialdad y competitividad de las fuerzas del mercado reemplacen la paz, la armonía, el ayni, como actitudes primordiales para esperar a nuestros difuntos y que nos ayudan a sobrellevar el tiempo de duelo de las familias dolientes”.