Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 05 de marzo de 2024
  • Actualizado 00:13

“Cuando llorábamos a una de mis hermanas, otra moría a los dos días”

La tardía reacción de las afectadas, los precios exagerados y la escasez de los medicamentos fueron las variables que afectaron a ocho personas de una misma familia.

La tumba de una persona que murió por coronavirus. DICO SOLÍS
La tumba de una persona que murió por coronavirus. DICO SOLÍS
“Cuando llorábamos a una de mis hermanas, otra moría a los dos días”

El coronavirus se ensañó con la familia de Martha. En poco más de tres meses, cuatro de sus siete hermanas murieron a causa de esta pandemia, en su natal Oruro, la capital del folclore y donde se conoció el primer caso positivo de COVID-19, el 10 de marzo de 2020.

“Cuando llorábamos a una de mis hermanas, otra moría a los dos días”, señala Martha, de 42 años, quien fue la única que no se contagió en su familia con este virus que ha dejado en el país más de 17.600 fallecidos y alrededor de 470 mil contagiados.

Martha nació en Oruro, distante a 212 kilómetros de Cochabamba, pero radica en la Llajta desde hace varios años, junto con sus dos hijas.

De hablar tranquilo, perspicaz en sus ideas, Martha intenta no quebrarse cuando relata que en su familia enfermaron, además de siete de sus hermanas, ocho sobrinos, tres cuñados y su mamá, quien también murió por el coronavirus en mayo pasado, a los 93 años.

Las vicisitudes en la familia de Martha empezaron a inicios de febrero de este año, cuando se enteró de que una de sus hermanas mayores, de 59 años, se contagió con el coronavirus, y la enfermedad hizo mella en su organismo tan rápido que murió el 10 de febrero, justamente el día en que Oruro celebra sus efemérides.

Martha tiene el firme convencimiento de que su hermana, que trabajaba como directora de un establecimiento educativo, se contagió con este virus cuando asistió a su fuente de empleo para devolver a los padres los documentos de sus hijos bachilleres.

Tras contagiarse con el virus, a los pocos días empezó a sentir malestares, pero una primera prueba que se hizo resultó negativa, por lo que supuso que se trataba solamente de un fuerte resfriado.

Una segunda prueba (PCR) confirmó lo que temía, que se había contagiado con COVID-19, pero el daño pulmonar era ya severo y su salud estaba bastante deteriorada.

De emergencia la trasladaron hasta La Paz, a una Unidad de Terapia Intensiva, pero falleció a los seis días de haber sido internada, fulminada por un infarto, el 10 de febrero, el día en el que la familia solía festejar por su tierra natal.

El esposo de esta maestra enfermó también con COVID, pero logró recuperarse tras un largo y costoso tratamiento. En este primer caso, la familia gastó unos 15 mil dólares.

UNA MISA

Después de tres meses del fallecimiento de la primera hermana, la familia decidió reunirse en su casa de Oruro, recordando con una misa su deceso y, de paso, agasajar a la matriarca de la familia que cumplía años ese mismo día, el 10 de mayo.

Martha decidió no asistir a esta celebración, pese a la insistencia de sus hermanas, porque consideraba que implicaba un riesgo hacerlo en una coyuntura en la que la pandemia dejaba cientos de contagios diarios.

Y fue justamente en esa reunión, que “todas se contagiaron, porque una de mis hermanas estaba con el virus”, asegura Martha. Y de ahí en adelante la rutina de esta familia osciló entre visitas al médico, internaciones en terapia intensiva y compra de medicamentos a precios “exagerados”.

Un día después de la reunión, el 11 de mayo, otra de las hermanas se hizo la prueba y dio positivo a la COVID-19, lo que preocupó a las demás que acudieron pronto para someterse también al mismo procedimiento.

El 17 de mayo, la matriarca de la familia fallecía al llegar a un hospital de Oruro, con la intención de internarse, pero no logró cruzar el umbral del edificio.

La muerte de la madre fue un golpe duro para esta familia que no pudo asimilar “esta tragedia”, ya que a los pocos días moría otra de las hermanas, el 30 de mayo.

Durante los interminables meses en los que sus hermanas estuvieron con la enfermedad, Martha y sus familiares hacían hasta “lo imposible” para conseguir medicamentos como Remdesivir, Tocilizumab, Atracurio e inyectables, indispensables para tratar el coronavirus.

Un medicamento que en la farmacia se conseguía en 6.700 bolivianos, en el mercado negro compraron hasta en 19.000. Incluso estuvieron a punto de ser estafados por un hombre que les ofrecía una de las medicinas mediante Facebook.

A las cuatro hermanas que fallecieron les sobreviven 10 hijos, que tienen entre 20 y 30 años, quienes se encuentran con apoyo psicológico, porque no solo perdieron a sus madres, sino que también enfermaron con coronavirus.

Martha asegura que la muerte de sus cuatro hermanos y su madre se debió a una suerte de circunstancias adversas, desde algo de descuido, tardía reacción y que fueron afectadas por la cepa brasileña, que es más virulenta y ataca con más rapidez a los pulmones.

SIETE DE NUEVE

La familia Mendoza, de Cochabamba, conoció también de cerca el virus de la COVID 19, siete de los nueve miembros que componen esta familia fueron afectados por esta enfermedad en los últimos meses.

Tres hermanas y sus cuatro hijos cayeron con la enfermedad, pero, para fortuna de esta familia, después de un tratamiento todos lograron recuperarse.

Daniela, de 33 años, fue la primera en contagiarse con esta enfermedad, posiblemente en su fuente de trabajo. Ella atiende una caseta en la zona de La Cancha. En su casa transmitió el virus a su hijo de ocho años, Cristopher.

Después de Daniela, Vanessa, de 34 años, y su hijo Kevin, de 13, contrajeron la enfermedad.

Lo más probable es que Vanessa se contagió con el coronavirus cuando asistía a su hermana Daniela para ayudarle en su recuperación.

Finalmente, Esther, de 30 años, y sus hijos de 12 y 10 años, fueron también víctimas de esta enfermedad. Todos estos contagios ocurrieron en marzo pasado y las madres con sus hijos están en proceso de restablecimiento.

El padre de las tres hermanas asegura que los síntomas en algunos casos fueron fuertes y sus hijas demoraron semanas en recuperarse.

Daniela, por ejemplo, tuvo vómitos, dolores de cabeza y musculares. Las otras hermanas, además de estos síntomas, permanecieron en cama durante al menos una semana.

En cuanto a los niños, los cuatro pasaron sin casi malestares el proceso de la enfermedad, con algunos dolores leves de cabeza y fiebre.

En lo que se refiere al costo que implicó su recuperación, el padre de familia asegura que gastaron algunos cientos de bolivianos en la compra de medicamentos básicos, además de tratarse con remedios caseros como hacer hervir eucalipto y manzanilla.

Además, para que los contagios no proliferen a otros parientes que viven en la misma casa, Daniela tuvo que ir a vivir a otra vivienda, con sus hijos.

Después de haberse recuperado casi por completo, la familia Mendoza toma con mayor rigurosidad las medidas de bioseguridad. Tienen en la entrada de la puerta principal un pediluvio con amonio cuaternario para desinfectar los zapatos al llegar y ellos llevan los implementos consigo como el alcohol en gel, barbijo o máscaras de protección.

Además, cada vez que llegan a su casa se lavan las manos con agua y jabón por un par de minutos, porque consideran que “es mejor prevenir que realizar un tratamiento largo y doloroso”.