Crisis de refugiados sacude los cimientos de la Unión Europea
La muerte del niño sirio Aylan Kurdi, de tres años, recordó al mundo el drama de miles de familias que huyen de su país por la guerra.
El 2 de septiembre marcó una jornada de luto. La fotografía del niño que fue encontrado ahogado en una costa de Turquía dio vuelta al mundo y se vio reflejada en las aperturas de los periódicos.
Aylan y su familia, como sucede con miles de sirios y personas de otras nacionalidades, huían de la violencia que azota sus países. Ellos perecieron al hundirse las embarcaciones en las que viajaban.
Pero el caso de Aylan no es aislado. Antes de él murieron más de 11 mil niños en el conflicto de Siria, que se desató en 2011, según datos del Observatorio Sirio para los Derechos Humanos.
HUYEN DE LAS BOMBAS Mujeres con sus hijos huyen de las bombas que caen cerca de sus hogares. Un reportaje de la agencia española EFE retrata el drama de miles de familias que se ven obligadas a dejar sus países de origen para salvar la vida.
Ese es el caso, por ejemplo, de Hand, una profesora de Siria, de 40 años, que viajó por tierra y mar con un solo objetivo: poner a sus dos hijos a salvo y comenzar una nueva vida en Alemania.
"Las bombas estallan a diario", cuenta Hand apretando los ojos. "Nosotros -continúa- cerrábamos las ventanas y las puertas, y nos quedábamos quietos hasta que cesara el ataque. Vivíamos aterrorizados".
Ese recuerdo, que se hace imborrable en su memoria, evoca uno anterior: "Antes de la guerra -dice- teníamos una vida confortable. Yo, por ejemplo, trabajaba como profesora de inglés, mis hijos iban al colegio y nos movilizábamos en coche".
Como ella, cientos de mujeres, en compañía de sus hijos, desembarcan a diario en las costas de las islas griegas, especialmente en Kos y Lesbos.
"La ruta -cuenta Hand- es arriesgada y problemática. Cruzar el Mediterráneo y llegar con vida es puro azar". Según ella, el destino del pequeño Aylan que apareció muerto en una playa turca, es el de muchos niños que viajan desde Siria. "Vivir depende de la suerte", afirma.
UNIÓN EUROPEA La crisis de refugiados y la amenaza terrorista sacudieron este año los cimientos y valores de la Unión Europea (UE), cuya falta de unidad y respuesta común puso en peligro pilares esenciales como el espacio sin fronteras Schengen.
Cuando los Veintiocho parecían entrar en una fase más tranquila tras ocho largos años de profunda crisis económica, se vieron confrontados con una nueva realidad: la llegada masiva de personas a Europa, primero a través del Mediterráneo central y luego por rutas alternativas como la de los Balcanes occidentales.
Tras una primera fase en la que algunos socios comunitarios se desentendieron del problema, que consideraban más italiano o griego que europeo, el fenómeno mutó de crisis de inmigrantes irregulares a crisis de demandantes de asilo que huían de zonas en conflicto, principalmente de Siria, Eritrea y Afganistán.
La creciente presencia de grandes grupos de indocumentados en países del centro y norte de Europa desató todas las alarmas acerca de que algo no se estaba haciendo bien en los puntos de entrada a la UE, donde en teoría debía registrarse a todos los recién llegados.
Alemania, Austria, Eslovenia, Suecia y Noruega reintrodujeron controles temporales en sus fronteras, una posibilidad excepcional prevista en el Código de fronteras Schengen, pero igualmente sensible, mientras que otros como Hungría optaron por medidas más drásticas como el refuerzo de las vallas fronterizas en sus límites con Serbia y Croacia.
Ante la evidente fractura entre socios comunitarios y el riesgo de que se quebrase un pilar tan fundamental del proceso de integración comunitaria como la libre circulación de Schengen, la UE decidió completar su respuesta más inmediata con un proceso más a largo plazo.
Negoció planes con África y Turquía para organizar mejor los flujos migratorios hacia Europa y contener la llegada masiva de personas, a cambio de poco más de 1.800 millones de euros y 3.000 millones, respectivamente.