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  • Diario Digital | lunes, 23 de mayo de 2022
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El dolor de las viejas y las nuevas Marías

El dolor de las viejas y las nuevas Marías

Recuerdo que tenía unos 13 o 14 años, cuando en una vieja enciclopedia de la biblioteca de mi colegio, vi una imagen que me conmovió mucho.  Era la obra maestra de Miguel Ángel llamada “La Piedad”, que muestra a María con Jesucristo muerto, reclinado en sus brazos.

Todavía ahora me quedan las mismas preguntas de ese entonces: ¿cómo se habría sentido esa mujer acunando en sus brazos un cuerpo inerte, al que un día dio vida en su vientre? ¿Qué confusión de sentimientos tendría al ver a su hijo muerto, víctima de un acto criminal amparado por una justicia corrupta que condenó a un inocente y liberó a un asesino?

 Ese momento tan intenso, expresado por Miguel Ángel, cobija muchas preguntas sin respuesta, o con respuestas tan repetidas que quedan hoy simples eslóganes como: “ni una menos”, “justicia para todos”, “vivas las queremos”…

Será que después de acompañar a Jesús por la vía dolorosa, después de haber sido testigo de todo el escarnio y violencia sufrida por su hijo, ¿habrá quedado en el corazón de María alguna luz de esperanza con relación al futuro? Las narraciones bíblicas señalan que el desaliento era tan grande que los discípulos de Jesús huyeron por temor a correr la misma suerte.

Han transcurrido más de 500 años de haberse esculpido esa obra de arte y, como nunca antes, hoy Miguel Ángel podría tener para María miles nuevos rostros alrededor del mundo. Rostros de mujeres víctimas de la guerra que ven a diario morir a sus hijos, hijas y maridos. Rostros de mujeres que peregrinan por los oscuros pasillos de la justicia, viendo que el dinero se les acaba buscando algo que nunca encontrarán. Rostros de mujeres que lloran por atención médica para sus pequeños niños. Rostros de mujeres que son acosadas, violadas y hasta asesinadas.

Desde mi primer encuentro con esa imagen me ha quedado la pregunta: ¿por qué la llamarían “La Piedad”, si el tiempo ha mostrado que no ha habido piedad alguna para el dolor de las viejas y las nuevas Marías?

Cierro mis ojos y pienso: qué bueno que Miguel Ángel la esculpiera en mármol. Ello garantiza que nadie borre esa huella de sufrimiento, ese rostro de mujer angustiada e impotente frente a la injusticia -también de piedra- y que quede como recordatorio perpetuo de nuestros fracasos humanos.

UN POCO DE SAL

VIRGINIA QUEZADA VALDA

Socióloga, teóloga y biblista 

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