Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 24 de junio de 2021
  • Actualizado 11:24

Sociedades en pánico

Sociedades en pánico

Se define el miedo como  “una sensación de angustia” generada por algún tipo de peligro, en esta coyuntura la amenaza es el COVID-19, algo real y concreto, nada especulativo ni subjetivo. Cuando esta sensación se incrementa y afecta a un colectivo, comunidad o sociedad se convierte en pánico y tiene como ingrediente a la “incertidumbre” que se relaciona a la ausencia de seguridad o certeza, especialmente cuando tu vida está en peligro, este hecho provoca que las personas actúen mayoritariamente de manera emocional, dejando a un lado a la racionalidad, por ende, concluimos que estamos viviendo en una “sociedad en pánico”, que ya no volverá a ser la misma, por lo menos hasta que recupere la certidumbre, ligada al hallazgo de una vacuna contra el coronavirus o a un tratamiento médico que reduzca sus niveles de mortalidad.

La sociedad  en la que convivimos hasta el mes de febrero del 2020, en el caso boliviano, ya no existe más, la que actualmente se desenvuelve es tan distinta que exige un tratamiento específico en sus niveles de consumo, dejando a un lado los temas de bioseguridad y distanciamiento social; lo que pide la gente es criterio, no quiere más miedo, no desea que se le haga la vida más terrorífica de lo que ya es y eso es algo que las autoridades no comprenden, puesto que toman decisiones y emiten mensajes que antes de generar, por lo menos, conciencia y calma, “paniquean” mucho más a las personas, transfiriendo sus miedos a una colectividad que se halla totalmente agotada, que tiene la paciencia en un nivel muy bajo y se encuentra siempre “a punto de estallar”.

Las autoridades nacionales y de los gobiernos locales, si bien se enfrentan a la pandemia, cada vez que toman un micrófono o se dirigen a las personas por medio de los medios de comunicación, cometen un sinfín de errores, emiten mensajes cargados de amenazas, amedrentamiento y violencia que generan un rechazo instantáneo. No es extraño escuchar a un alcalde informar que regresaremos a una cuarentena rígida mucho más dura que la anterior, esta malformada autoridad cree que castigando, amenazando, asustando a la gente obtendrá obediencia, orden y prevención, cuando en realidad la responsabilidad recae en ella, puesto que desde su municipio no solo debe emitir normas de bioseguridad para el desenvolvimiento de la ciudadanía, también mensajes/campañas efectivas y afectivas de comunicación para que generen conciencia. 

Si esto le pasa a un alcalde, imagine o compare con lo que sucede con un gobernador o ministro, todos aplican la misma metodología de pánico, ratificando así la poca/nula formación política/comunicacional que tienen y, lo que es peor,  no conocen a la sociedad que seguramente, en una gran mayoría los eligió.

Sin embargo, son los medios de comunicación los que mayor responsabilidad tienen en este escenario, puesto que están obligados a constituirse en un saludable y necesario filtro, que puede “calmar la ansiedad” de las autoridades locales, explicar de manera sencilla y hasta generar los espacios necesarios de análisis para que las audiencias puedan comprender lo que nos está sucediendo como sociedad, país y mundo. Pero no, en su gran mayoría los medios amplifican el pánico, empezando por informar sin mucha base científica sobre la aplicación o existencia de un medicamento o tratamiento contra el virus que nos tiene atrapados, generando falsas expectativas. Aun si estas fuesen reales, pecan de exitistas a título de informar, cayendo ridículamente en la competencia insana del quien informa primero, antes que priorizar una responsabilidad informativa; sin ir muy lejos, queda aún en la retina televisiva la transmisión en directo de la muerte de una persona con COVID-19, patético ejemplo de los extremos a los que puede llegar el periodismo en su afán de conquistar los ratings antes que generar un espacio de reclamo/protesta contra la negligencia de las autoridades de turno.

Los políticos son otro eje en la propagación del pánico, convertidos en voceros del terror, priorizan sus batallas políticas externas o internas, antes que propuestas que planteen posibles salidas no solo a la realidad actual, sino a las crisis futuras, especialmente la económica; unos se preocupan por encarcelar a sus enemigos políticos, otros por realizar simulacros de ahorro estatal e incluso de aprobar leyes que no responden a las demandas y necesidades de la sociedad que a diario se enfrenta contra el miedo de adquirir el mentado virus. 

Gran reto tienen los partidos políticos en el contexto electoral, la de plantear programas de gobierno considerando los nuevos bio-escenarios políticos, económicos, sociales y sanitarios que dominarán el mundo, sin embargo, una cosa es tan clara como el alcohol de 96 grados, la experiencia en gestión y no la retórica sobrecargada de promesas será la que domine en la papeleta electoral.

Para intentar comprender a una “sociedad en pánico” se debe asimilar algunas de sus características principales, consume obsesivamente todo rumor, chisme y falsa noticia sobre el virus, lo propaga y asume que esa realidad es tan próxima a su entorno que se siente amenazado, limita sus acciones y asume una actitud paranoide que lo obliga a convertirse en un todólogo sobre la pandemia y sus avances médico/científicos. Por si fuera poco, también está atento al tema económico, toda mala noticia por mucho que sea abstracta implica quiebra, desempleo y ruina, porque su gran preocupación no solo es el presente, sino el futuro, por ello el tratamiento estratégico es clave para poder llegar con eficiencia a esta colectividad.

En resumidas cuentas, no existe un manual para entender y/o tratar con una sociedad en pánico, sin embargo concurre la necesidad de construir uno y aplicarlo, en base a un único criterio: el sentido común, un factor que le hace tanta falta a todos los que coyunturalmente están al mando de la nave estatal como también a los que tienen la oportunidad de comunicarse con el pueblo.

VÍCTOR H. ROMERO

Periodista

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