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  • Diario Digital | martes, 21 de septiembre de 2021
  • Actualizado 18:42

Ver ganar a Messi con Argentina

Ver ganar a Messi con Argentina

Ver perder a Messi con Argentina es un signo de época. Verlo perder finales con su Selección: tal sería la expresión más cabal. Porque, si se trata de ganar, lo ganó todo con el Barcelona y ganó varias cosas con la Albiceleste. Hasta antes de este 2021 llegó a jugar cuatro finales vistiendo los colores de su país: tres de Copa América y una de un Mundial. Para llegar a esas finales, obviamente, ganó muchos partidos, hizo partidazos, metió goles antológicos, a veces ganó prácticamente solo, esto es, a pesar de su Selección. Pero, eso sí, al encuentro definitivo, a ese que acabaría con un campeón, llegaba maldito. Como estaba maldita la Argentina desde 1993, la última vez que, hasta este año, había levantado una copa, la Copa América. 

Decía que ver a Messi perder finales con su Selección es un signo de época. Lo vimos en 2007, cuando era casi un niño y aún no llevaba la 10 (que era de Riquelme), abatido sobre el césped tras perder la final de la Copa América con Brasil. Lo vimos mirar de reojo la Copa del Mundo de 2014 en el Maracaná, como diciéndole en silencio adiós a un cachorro único en su raza que le habían prometido y que a última hora se lo regalaron a los alemanes. Lo vimos en 2015 y 2016, cuando ya era capitán de su seleccionado, su 10 indiscutible, ganador de todo con su club, el mejor jugador del mundo, y aún así debía observar, con el rictus más inexpresivo posible, la euforia de la más legendaria generación de futbolistas que ha dado el fútbol chileno, esa que se coronó bicampeona de América.

Ver a Messi perder finales con su Selección es un signo de época. Con esa certidumbre asistimos al último partido de la Copa América 2021, jugada de emergencia en Brasil por culpa del coronavirus. Con un técnico interino, con un equipo -más que renovado- remachado a duras penas, con su 10 y capitán caminando ya los tramos iniciales del ocaso de su carrera, con un estilo de juego tan irregular y poco vistoso y, sobre todo, con el cartel de favorito lejos de su alcance. Así llegó Argentina a la final que se disputó hace poco más de una semana en el Maracaná. Así la jugó. Y así la ganó finalmente. Cuando ya se nos había hecho costumbre ver a Messi perder finales con su Selección, finalmente ganó una. La ganó pese a haber jugado acaso su peor partido en el torneo. La ganó sin ser el mejor de la cancha. La ganó tras fallar un gol hecho que en otros tiempos habría metido con los ojos cerrados. Pero, así y todo, la ganó. Y al ganar, a muchos, más que felicidad, nos invadió una especie de alivio, la sensación de que al fin se venía abajo la maldición más injusta del fútbol contemporáneo. La noche del 10 de julio, ver a Messi perder una final con su Selección dejó de ser un signo de época. Verlo levantando su primera Copa con Argentina inauguró una nueva era.

DIOS ES REDONDO

SANTIAGO ESPINOZA A.

Periodista

@EspinozaSanti

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