Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 16 de junio de 2024
  • Actualizado 23:14

Pablo Fernández y nuestro otro clásico: la intolerancia

Pablo Fernández y nuestro otro clásico: la intolerancia

No tengo nada a favor o en contra de Pablo Fernández, el comediante, actor y presentador cruceño. Entiendo que es una figura popular en la escena farandulera que tan trabajosamente ha forjado Santa Cruz. Lo he visto actuar en películas tan dispares como “¿Quién mató a la llamita blanca?” o “El ascensor”. En el último tiempo lo he reencontrado relatando partidos del torneo boliviano y comentando la actualidad futbolística en el programa “Laboratorio Fútbol”, como miembro del staff de Tigo Sports, la primera cadena televisiva del país especializada en deportes.

Relatando juegos me parece más que aceptable. Es más, lo percibo por encima de la mayoría de sus colegas. Presumo que le favorece su formación actoral y no solo a la hora de imprimirle emoción a partidos muertos, sino también cuando le toca disimular sus colores (es abiertamente ‘bloominista’, pero no molesta como sí ocurre con Cobo o Moreno, por ejemplo). Sus opiniones futboleras son más discutibles, como todas. No no se guarda sus valoraciones. Intenta seguir la estela de los comentaristas argentinos y españoles, tan hábiles en hacer pasar el ruido por análisis. No llega a ser un opinador insoportable. Sus criterios más polémicos se desprenden de su chauvinismo, que unas veces canaliza en su bolivianidad y otras en su cruceñidad.

Esa exaltada cruceñidad le llevó a decir que el clásico Blooming-Oriente ha dejado atrás a los de La Paz (Bolívar-The Strongest) y de Cochabamba (Wilster-Aurora). Y esa misma cruceñidad, teñida de bolivianidad, lo animó a sentenciar que el duelo cruceño es incluso mejor que el Boca-River. Sus palabras levantaron revuelo en redes. Como otros escándalos virtuales, la cosa bien pudo diluirse sin más, pero no fue así. El clásico paceño, jugado el miércoles 12, avivó el bullicio y lo llevó a extremos indeseables. Un puñado de ociosos fue a hostigarlo a su llegada al aeropuerto de El Alto. Lo insultaron, le acusaron de racista y le lanzaron botellas. Fernández y dos de sus colegas debieron volver a Santa Cruz antes de cumplir su cobertura del partido.

El incidente me recordó a cuando los paceños hicieron escapar a Luis Fernando Camacho a plan de ‘choclazos’. Lo cierto es que, en días previos al paro cívico cruceño por el Censo, la agresión se me antojó más tiznada de política que de fútbol. (Quizá alguno hasta se acordó de que Fernández solía animar los cabildos de Camacho durante la crisis de 2019.) Como fuere, la violencia es indefendible. Más allá de que el actor apele al regionalismo para exponer sus opiniones, la respuesta no puede ser la intolerancia. El fútbol es uno de los terrenos más fértiles para el florecimiento de los odios culturales. Pero, así como los futbolistas pregonan que lo que pasa en la cancha se quede en la cancha, habría que apostar a que los excesos nacidos en medios y redes permanezcan ahí, sin saltar a la realidad, menos en forma de violencia.

DIOS ES REDONDO

SANTIAGO ESPINOZA 

Periodista

@EspinozaSanti