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  • Diario Digital | sábado, 21 de mayo de 2022
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Odio el fútbol

Odio el fútbol

Si es cierto eso que dice un tan manido bolero, de que “solo se odia lo querido”, no debería tener razón alguna para arrepentirme del titular de esta columna. Sí, odio el fútbol. Lo odio. No siempre, obviamente, pero lo odio. Y cuando lo odio, no hay términos medios: es un odio a muerte. Tan fuerte es el odio, que llego al extremo de desear no haber conocido ni querido nunca al fútbol.

Ya decía que es un odio crónico, pero esporádico y, en esa medida, inevitable: tarde o temprano, habrá de asaltarme. Debería estar preparado para cuando llegue y sobrellevarlo con más templanza. Pero, no, el maldito vuelve y me consume con una furia igual, cuando no mayor, que la última vez. Es que el odio futbolero se incuba en las entrañas, reacciona a heridas contra el amor propio, se inflama ante ofensas contra el sentido de pertenencia, supura por el atentado contra nuestras más hondas convicciones. Es de una visceralidad que no admite razones ni concesiones.

Solo así puedo entender el malestar que me provocó el partido de vuelta de la semifinal de Champions que jugaron el Real Madrid y el Manchester City. Más que hincha del City, un equipo que sigo hace no más de cinco años, soy un creyente en la filosofía futbolística de su entrenador, Pep Guardiola, al que creo el pensador más determinante del fútbol en el nuevo siglo. Lo que hizo con el Barcelona de Messi, Iniesta y Xavi se me antoja uno de los proyectos más admirables en la historia del deporte. La premisa de jugar –e idealmente, ganar– a plan de posesión, desplegando el últimamente vilipendiado “tiqui-taca”, hasta desprogramar el juego contrario y llegar a su arco con una elegancia pasmosa, es la síntesis de lo amo del fútbol.

Entiendo que se trata de un modelo en crisis, que en los últimos años ha colapsado ante esquemas más agresivos y físicos, que no se fían tanto del trato de la pelota como de la efectividad frente a las flaquezas del rival. Eso que algunos llaman un juego destructivo, en contraposición del creativo, abanderado por tipos como Guardiola. Entiendo, decía, que se trata de un modelo que no podía permanecer momificado tras su puesta en escena magistral en el Barcelona que ganó dos Champions. El propio equipo culé tomó distancia de él para hacerse de la Liga de Campeones que ganó bajo la conducción de Luis Enrique. De ahí que me viera seducido a seguir la forma en que iba evolucionando en el City de Pep. Encontré en Etihad el refugio ideal para mantener vivo el amor por el fútbol creativo.

Por eso, porque he celebrado los títulos recientes de ese tipo de fútbol en Inglaterra, no puedo evitar exteriorizar el dolor que me provocan los sucesivos fracasos del City en Champions. Y ya se sabe que, del dolor al odio, el trecho suele ser corto y expedito. Y por más que debiera odiar solo a sus eventuales verdugos, mi odio es mayor, se ceba contra el fútbol todo. Odio el fútbol. 

DIOS ES REDONDO

SANTIAGO ESPINOZA 

Periodista

@EspinozaSanti

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