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  • Diario Digital | domingo, 16 de junio de 2024
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Messi campeón: esta vez el dolor va a terminar

Messi campeón: esta vez el dolor va a terminar

Aprendí a sufrir el fútbol aun antes de jugarlo o comprenderlo. Mientras se disputaba el Mundial de Italia 90 ni siquiera era capaz de distinguir un córner de un penal, pero ya era ducho para llorar al final de los partidos, cuando uno de los equipos se marchaba pesadamente de la cancha, arrastrando al monstruo invisible de la derrota. Insisto en que fue un aprendizaje: aprendí a distinguir el dolor en los jugadores que fallaban y soportaban goles, y el acto reflejo ante él, eso que llamamos sufrimiento, lo aprendí copiando a mis seres cercanos. Lloré mares durante ese “state italiana”, pero ninguno de mis arrebatos fue tan genuino como el que le vi padecer en silencio a mi papá, sentado en un micro de camino donde unos tíos, al escuchar por la radio al árbitro Edgardo Codesal pitando “el final de la final”: Argentina 0 – Alemania 1.

Esa imagen me tomó por asalto hace una semana, en el momento en que Mbappé anotó el 3 – 3 con el que llevó la final de Catar a los penales. Estaba listo para derrochar toda mi frustración y rabia en una retahíla interminable de groserías contra todo lo que se atravesara entre mis pensamientos. Ya lo había hecho tantas veces. Con el Wilster, con Bolivia, con el Barcelona, con el City y, cómo no, con Argentina. Mi boca ya empezaba a sentir el mal sabor de las tres finales consecutivas que, entre 2014 y 2016, Messi y compañía perdieron ante Alemania y Chile. Y, de repente, Montiel le cambió el palo a Lloris…

Nada importante tengo para decir de esos más de 120 minutos de idas y venidas entre el cielo y el infierno. Lo único que sé es que los sentí y sufrí como pocas experiencias en la vida. Solo al ver al 10 argentino aliviado y exultante, acariciando la Copa y frotándose las manos antes de recibirla, me volvió el alma al cuerpo. Le había escuchado decir repetidamente a los medios que, como nunca antes con la Albiceleste, estaba disfrutando de jugar los partidos. Y así fue. A sus 35 años, ‘la Pulga’ hizo un Mundial perfecto. No se cayó tras la derrota y condujo a sus compañeros de equipo, que crecieron soñando con jugar con/para él, hasta la final. En el camino pasó más de un susto y se reveló irascible ante los provocadores. Más de uno lo vio poseído por el espíritu maradoniano. Si fue el caso, la almita de Villa Fiorito lo acompañó solo lo suficiente para, llegado el momento decisivo, soltarlo y dejarlo finalmente libre, dueño y señor de su propia leyenda. Diego salió del campo y Leo entró para tomar su lugar, el del 10.

Aún emocionado, llamé a mi papá para preguntarle si había visto a la Argentina alzar su tercera Copa. Me contó que había apagado la tele tras el empate francés y que solo volvió a prenderla al escuchar los petardos de festejo. Esta vez prefirió ahorrarse el sufrimiento. No importa. Yo sufrí por ambos. Algo había aprendido esa tarde de julio de 1990 en que lo vi tragarse un dolor llegado desde Roma. Un dolor del que, 32 años después, por fin empezamos a curarnos. Tal parece que, como Messi, nos hemos ganado el derecho de volver a disfrutar (el fútbol).

DIOS ES REDONDO

SANTIAGO ESPINOZA 

Periodista

@EspinozaSanti