Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 17 de mayo de 2022
  • Actualizado 23:15

Fútbol nuestro que estás en el cine

Fútbol nuestro que estás en el cine

Así como, de vez en cuando, es posible ver mejores ‘películas’ en los estadios que en las pantallas; no faltan ocasiones en que el mejor fútbol se juega fuera de las canchas: en el cine, más propiamente. De esto último puedo dar testimonio luego de haber visto “¿Qué vemos cuando miramos al cielo?”, una película georgiana de Alexander Koberidze que acaba de estrenarse en la plataforma Mubi.

Considerado en muchos prestigiosos rankings como uno de los mejores filmes de 2021, el largo filmado en la ciudad de Kutaisi debería contarse, desde ya, como una obra capaz de desmentir esa regla no escrita de que el maridaje entre fútbol y cine solo puede dar esperpentos intragables en ambos lados de la cancha: futboleros y cinéfilos. La excepcionalidad de “¿Qué vemos…?” se debe, muy probablemente, a que es una película que no pretende ser abiertamente futbolera. El fútbol no es el epicentro de su trama, si acaso tiene algún epicentro, si acaso tiene una trama, al menos en sentido estricto. El fútbol es, a lo sumo, una de las ramas por las que tiende a irse el relato que nace con el encuentro entre un joven y una joven que, tras chocarse más de una vez en la calle, deciden citarse, pero sin sospechar que una maldición los cambiará físicamente y los volverá irreconocibles el uno para el otro.

En este delirante cuento de hadas, el fútbol asoma casi desde el inicio, porque el protagonista lo juega y lo sigue fervientemente, pero también porque está a punto de comenzar un mundial. Con el paso de los minutos, descubrimos que Kutaisi vive en estado futbolístico permanente, con sus habitantes organizando y cumpliendo sus rutinas en función de los partidos televisados del mundial (uno ficticio en el que le va muy bien a la Argentina de Messi), y de las pichangas a las que se entregan los georgianos mientras esperan la hora de los juegos mundialeros.

La pelota está en todas partes. Con ella juegan niños y niñas sin distinción de ningún tipo y sin orden temporal que valga, hasta que la redonda toca el cielo y se marcha a través de un río turbio. Y cuando se traslada a las pantallas, no hay ser que no se detenga para contemplarla. Los partidos son seguidos en puntos tradicionales de la ciudad, hasta donde llegan mujeres, hombres, niños y hasta perros que se citan y congregan con una mezcla de docilidad y de fervor que ya quisieran provocar las iglesias.

La película sugiere no pocas correspondencias entre el cine y el fútbol, pero acaso la más evidente sea la que los aúna por su poder para convocar a seres dispersos en torno a un espectáculo en movimiento ante el que emocionan sin contención posible y en el que, una vez desnudos emocionalmente, acaban reconociéndose como ni siquiera un espejo se los permitiría.  

DIOS ES REDONDO

SANTIAGO ESPINOZA 

Periodista

@EspinozaSanti

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