Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 24 de junio de 2024
  • Actualizado 20:21

El fútbol, enfermo de indolencia

El fútbol, enfermo de indolencia

En un giro que se veía venir, la Conmebol resolvió quitarle la sede de la Copa América de este año a Colombia para relocalizarla plenamente en la otra co-sede, Argentina. La decisión fue asumida a menos de un mes del inicio del torneo, previsto para el 13 de junio, a manera de negarle a Colombia la solicitud de volver a postergar el evento deportivo. El Gobierno colombiano adujo que necesitaba más tiempo para aplicar protocolos de bioseguridad que permitieran la asistencia de público, aun en un aforo limitado, a los partidos que acogería.

Por más que parezca un nuevo revés para la administración de Luque, la Conmebol le ha hecho un gran favor al llevarse la copa de un país golpeado, como casi todos en la región, por la pandemia, pero, además, sacudido por las protestas callejeras que han puesto en duda la propia continuidad del gobierno colombiano. Protestas que, por cierto, no han cesado del todo. Es posible que el presidente de Colombia creyera que la organización del campeonato podría darle un nuevo aire a su maltrecha gestión, al tiempo que distraería a los movilizados, pero bien podría haberle salido el tiro por la culata y solo inflamar aún más las manifestaciones -justas y necesarias, por cierto- de un país en llamas.

Solo hay que recordar lo que pasó hace poco más de una semana en Barranquilla, en el partido que disputaban por Libertadores el América de Cali y el Atlético Mineiro: el árbitro debió suspender las acciones por unos 10 minutos para que los jugadores se protegieran de los gases lacrimógenos empleados en las protestas que llegaron hasta el estadio y ya los estaban haciendo llorar sin mayor motivo futbolístico. El clima de insurrección popular ya había calado en los futbolistas colombianos, quienes resolvieron no jugar el torneo local mientras la población siguiera movilizada por demandas sociales que, dijeron, compartían y apoyaban. Lamentablemente, la Conmebol no entiende el idioma de las protestas, pues la única lengua franca que comparten los dueños del fútbol regional es la de los dólares. La plata que generan los derechos de televisación y la publicidad, ahora que la asistencia presencial a estadios es tan irregular, es un tesoro al que Alejandro Domínguez y sus secuaces jamás renunciarían por unas cuantas decenas de vidas perdidas en Colombia o en cualquier otra parte de Sudamérica.   

Puede que el fútbol profesional-empresarial prospere en su afán de inmunizarse del coronavirus y del malestar social de las mayorías. Pero hay una enfermedad de la que no puede ni quiere curarse, y que a la postre puede ser más perniciosa para su propia existencia: la indolencia. La incapacidad de las corporaciones del balompié para empatizar con el estado de ánimo de la gente es un mal que tarde o temprano ha de pasarles factura. Porque, aunque no lo quieran creer, en el mundo hay cosas más importantes que el fútbol.

DIOS ES REDONDO

SANTIAGO ESPINOZA A.

Periodista

@EspinozaSanti