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  • Diario Digital | lunes, 17 de junio de 2024
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Estadios cementerios

Estadios cementerios

Hay un chiste futbolero muy siniestro que escuché por primera vez en su variante wilstermannista. Parte de la pregunta sobre el improbable parecido entre el equipo rojo y Pinochet. La respuesta: ambos llevan a su gente al estadio para torturarla. La broma es de esas que primero te tumban de risa y luego te enmudecen por completo. Amén del (auto)flagelo al club objeto de comparación, remite a un horror real y casi indecible: las torturas y ejecuciones extrajudiciales que practicaba la dictadura chilena contra los disidentes políticos dentro de los recintos deportivos.

El chiste me ha asaltado en estos días, a raíz de una serie de hechos de violencia suscitados en estadios. Y no, no estoy hablando del sufrimiento de ver al Wilster empatar de local con el Bolívar, en un partido que, al parecer, se definió a escupitajos. Tampoco de la puteada de Platiní Sánchez hacia los “hinchas” orientistas a los que tan educadamente mandó a donde se merecen. La violencia a la que aludo es la que, en menos de una semana, se cobró más de 130 vidas en estadios de Indonesia y de Argentina.

La primera, y la más terrible, de las tragedias tuvo lugar la noche del sábado 1 en el estadio indonesio de Kanjuruhan. Ahí perecieron, al menos, 131 personas, tras el partido que jugaron el Arema FC y el Persebaya Surabaya. Lo que se sabe es que murieron producto de la estampida desatada por el uso policiales de agentes químicos. Ante la invasión del campo de juego de hinchas de ambos equipos, los policías no tuvieron mejor idea que gasificarlos y aporrearlos, provocando un estado de desesperación que derivó en que cientos corrieran por encima de otros para salvarse. Entre los muertos se registraron más de 30 niños, el menor de ellos de apenas tres años.

La segunda tragedia ocurrió el jueves 6, en el estadio de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Cuando el equipo local y Boca Juniors jugaban solo nueve minutos, el árbitro paralizó el juego debido a que el ambiente estaba viciado con gases lacrimógenos, que afectaban a las tribunas, así como a jugadores y cuerpos técnicos. Por lo que se ha informado, los químicos habían sido empleados por efectivos de seguridad para contener la intentona de aficionados locales de ingresar por la fuerza al escenario deportivo que ya estaba, o parecía, repleto. Un hombre murió por un paro cardiorrespiratorio y al menos ocho resultaron heridos, alguno por impactos de balines.

Comparar estos eventos con las torturas y asesinatos de la dictadura pinochetista sería un despropósito. Unos fueron accidentes (con responsables, eso sí) y los otros crímenes perpetrados deliberadamente. Pero en todos hubo muertes que pudieron y debieron evitarse. En todos hubo un grado variable de violencia innecesaria, cuando no criminal. En todos, los estadios se desnaturalizaron y acabaron convertidos en cementerios. Y eso no es algo sobre lo que pueda volcarse la página sin más.

DIOS ES REDONDO

SANTIAGO ESPINOZA 

Periodista

@EspinozaSanti