Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 18 de noviembre de 2019
  • Actualizado 03:01

“Cristaldo, vendidazo”

“Cristaldo, vendidazo”

La crisis política en el país está envenenando nuestro fútbol. Y no me refiero a la interrupción inevitable del torneo Clausura. Tampoco al consecuente lamento del presidente futbolero. Menos a la “respuesta” algo tibia que recibió Evo de algunos (ex)futbolistas y afines vinculados al balompié boliviano. Ni siquiera a las “avivadas” de Wilstermann, que pide ser declarado campeón del Clausura si se suspende definitivamente, o de Aurora, que sugiere que ningún equipo descienda este año.  

La semana pasada el fútbol boliviano vivió uno de los episodios más tristes de los que tenga memoria. Podrán decir que no fue un hecho estrictamente deportivo, pero, en rigor, involucró a un futbolista boliviano y no a cualquiera. A Luis Héctor Cristaldo: uno de los ídolos que nos clasificaron al Mundial de EEUU 94.

Para los que no lo vieron, no lo recuerden o no lo quieran recordar, Cristaldo fue víctima la semana pasada de un acto de violencia condenable desde cualquier punto de vista. Fue increpado, humillado y, prácticamente, echado de un punto de venta de abarrotes, en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, por un grupo de personas no identificadas. ¿La razón? El exfutbolista fue candidato del MAS a la diputación uninominal de la circunscripción 45, en Santa Cruz. Y aunque el resultado de la votación le fue adverso y perdió, los antimasistas no le han perdonado que pusiera su nombre al servicio de un proyecto político que, a vista de una parte del país, se sirve de la ilegalidad y el autoritarismo para aferrarse al poder. 

No reprocho los motivos políticos que crean poseer los verdugos de Cristaldo, respetables finalmente, como en cualquier democracia. Lo que condeno es la violencia desmedida con que esos motivos se cebaron contra el exdeportista. Le gritaron de todo: “vendidazo, hediondo, basura...”, hasta hacerlo huir. Ninguna persona debería ser (mal)tratada como lo fue el exjugador por una turba cobarde que lo hostigó y filmó ese ultraje para su regocijo. Ninguna persona lo merece, menos aún un hombre que, como Cristaldo, supo hacernos tan felices y orgullosos a todos los bolivianos que gritamos el gol que le hizo a Venezuela en Puerto Ordaz, en el inicio de las Eliminatorias de 1993, y que cantamos con él el Himno Nacional en el Soldier Field de Chicago, en la inauguración del Mundial de 1994, cuando aún podíamos y merecíamos sentirnos parte de un mismo país.