Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 31 de octubre de 2020
  • Actualizado 02:48

Ser estudiante en cuarentena

Ser estudiante en cuarentena

No es fácil; claro que no lo es… Alejado de los aspectos técnicos, ser un estudiante en cuarentena es complicado. Hay días en los que te levantas y sientes que no tienes ganas de nada, que las fuerzas que antes te levantaban día a día se desvanecen en la rutina dentro de una jaula de la que no puedes escapar. Tienes miedo y piensas que esto nunca va a terminar, mientras que te preparas para un día exactamente igual al anterior.

Extrañas todo: las salidas apuradas de casa en la mañana, los pupitres ocupados, ese excepcional gesto que hace tu docente cuando te explica algo de lo que se nota que le apasiona como ninguna otra cosa. Nada puede sustituir mirar cara a cara o sentir cuerpo a cuerpo, lo extrañas y lo valoras mucho más.

Entras a la clase virtual y ves a tus docentes luchando como tú por no dejar que la situación nos arrebate la formación, ves a algunos un poco perdidos, pidiendo a gritos que esta vez nosotros les enseñemos a ellos sobre este mundo cibernético del que no conocen. Esta vez, ellos son los extraterrestres en nuestra tierra tratando, de la manera más ingeniosa, de volver un poco más didáctico este juego de enseñar a través de una pantalla.

No nos rendimos y día a día luchamos contra los monstruos que sean necesarios para que no nos arrebaten el aprender ni el enseñar, monstruos en cada uno de nosotros que se han manifestado como una epidemia psíquica, y tal vez siempre estuvieron ahí, mas nos hacía falta quietud y silencio para escucharlos.

Hemos atravesado desiertos, glaciares, continentes, el mundo entero de extremo a extremo; cargamos con nuestras guerras, migraciones, hambrunas, y de esta, como de todas, vamos a salir, con una necesidad imperiosa de cambio, de conciencia y una mirada crítica a todo lo que considerábamos saber.

Los animales que antes corríamos libremente por la jungla de cemento, ajetreados, e inconscientes, hemos sido parados por un invisible enemigo que nos sacude y nos enseña que lo que anhelábamos estaba más cerca de lo que creíamos, que la felicidad estaba ahí, en ese salón que creías odiar, o en ver a la cara a ese compañero con el que nunca habías cruzado una palabra.

Pero dentro de esta quietud no hemos dejado que se nos arrebate lo más sagrado que este animal tiene: construir conocimiento.