Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 18 de junio de 2024
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Decir y hacer

Con estas dos palabras del epígrafe se puede  afirmar  cosas como: “hablar bien es decir algo en pocas palabras o “especular es simplemente decir algo”; en un  principio tal idea parecería rara o impertinente, pero puede llegar a no serlo si se toman las debidas precauciones. 

En muchas circunstancias de la vida  es posible realizar un acto exactamente del mismo tipo, no con palabras escritas o habladas, sino de otra forma: conviniendo internamente que  expresar las palabras es, sin la oscilación de la duda, un episodio principal, sino el episodio principal, en la realización del acto (de hablar bien o especular), cuya realización es también la teleología o la finalidad que busca la expresión, empero, dista  de ser comúnmente, si lo es  alguna vez, la única cosa necesaria para asumir que el acto se ha consumado o llevado a cabo. 

Precisamente este último punto es lo que pasa directamente a la intelección o percepción del pueblo que siempre comprobará  que esas palabras se transformen en realidades; única forma fiable de controlar a los políticos.

Hasta aquí, el lector puede inferir que la columna trata de desnudar las endémicas costumbres y actitudes erráticas de los políticos; así en términos generales, siempre es necesario que las circunstancias en que un orador político utiliza las palabras éstas sean apropiadas, además, como exigencia, es menester que el que habla deba llevar a cabo  otras acciones físicas o mentales que corroboren lo que habla y sean correspondientes a sus antecedentes, tanto políticos como personales. 

Actualmente en nuestro país existen pseudo-políticos que se presentan impávidamente en una candidatura creyendo que el pueblo, tan inteligente como es su naturaleza, no rememora deslealtades, discriminaciones al pueblo, indecisiones graves para el país, un desorden moral o escasísima ética (corrupción).

El pueblo cuando formula  objeciones se puede estar seguro  que lleva razón, pues para llegar a esa conclusión ha considerado las expresiones de realización mas intimidatorias tales como el “ yo  les prometo”, de lo que se concluye que las palabras deben ser dichas con excelsa seriedad, pues  serán tomadas con la misma seriedad por el pueblo que es el sujeto de esa o esas promesas para obtener el voto o para mejorar su desarrollo humano.

Esta es una acción intelectiva bilateral entre el político y el pueblo y éste siempre extrae una conclusión, temprano o tarde; por ello es menester que no se tome la oratoria política como si estaríamos bromeando o escribiendo un cuento; deberá sentirse la inclinación a pensar que la seriedad de la expresión consiste en que ella sea formulada, ya por conveniencia seria o por información y como un signo inconfundible  y  visible  de un acto espiritual interno, que exige el cumplimiento de las promesas. 

Aquí hay una acción a creer o dar por sentado, que en muchas  circunstancias la expresión externa es una descripción, verdadera o falsa, de la realización del acto espiritual interno y no mofarse del pueblo con un ejemplo esclarecedor del cuidado con que se deben examinar las palabras de todos los políticos: en el Hyppolitus, donde el mismo Hyppolitus  afirma “mi lengua lo  juró, pero no lo juró mi corazón”, que es una metáfora para no nombrar al espíritu.

FORO

Raúl pIno-ichazo T.

Abogado, posgrados en Derecho Aeronáutico, Arbitraje y Conciliación; Filosofía y Política

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