Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 12 de agosto de 2020
  • Actualizado 19:34

Oruro del alma

Oruro del alma

En 1979 permanecí en Oruro casi un año. Ingresé a un partido, como no lo hubiera hecho en Cochabamba, y luché con ellos. Tiempos en los que un aniversario más de mi partido se resolvía con una lata de alcohol; tiempos en que conocí a Artemio Camargo, a Jorge Baldivieso, a Ricardo Navarro, a Pepe Reyes, y también a campesinos como Donato Ayma y Pedro Mariobo, gente cabal, varios de ellos asesinados en la Harrington junto a un pariente mío, Gonzalo Barrón. 

Pasé episodios importantes con Jorge Baldivieso, el Cristo, y el golpe de García Meza me sorprendió allí, cuando era secretario general de la UMSS, en Cochabamba, y ya tenía mi pasaje de retorno en ferrobús justo para ese 17 en que se cortaron las líneas de acceso. Pero quiero recordar en especial a Alfonso Camacho Peña, el finado Alfonso que guiaba nuestras lecturas de El Mirista 9. He perdido esa literatura clandestina y me encantaría recobrarla. En ella decía que mi partido luchaba por un gobierno obrero y campesino. Pues bien. Llega ese gobierno y todas y todos le vuelven la espalda. ¿Cómo así?

Creo que deberíamos recuperar el comentario de un buen amigo que me escribe desde el exterior: ¿Dónde quedó el pensamiento crítico? Conspicuos intelectuales de izquierda condenan al anterior gobierno con rumores, sin pruebas, en tanto pruebas abundan sobre los actos del interinato, ¡y guardan silencio!

Hoy el Tribunal Electoral cuestionó varias candidaturas, entre ellas la de Evo, Pary y Arce Catacora, porque dicen que salieron obligados al exterior para salvar el pellejo. Debo recordar que en las elecciones de 1951, el binomio presidido por Paz Estenssoro operaba desde Argentina, en el exilio. Y ganaron. Como fue desconocido el triunfo, sobrevino la revolución del 52 y Paz Estenssoro así como Siles Zuazo fueron presidente y vicepresidente. ¿Qué lógica puede justificar la sanción del Tribunal Electoral, que en 1951 permite y en 2020 sanciona?

En Oruro pasé un gran momento de mi vida. Casi muero de hambre y me dediqué a vender libros. Los ofrecí a un comerciante y este me dijo si no me daba vergüenza pedir limosna. Otro día, una señora me aceptó y dijo que compraría dos volúmenes, uno para su hija. Días después ingresó al Café Musa, me reconoció y me increpó por haber vendido pornografía nada menos a ella, presidenta de una institución femenina. Era Allá Lejos, mi primera novela.

Son recuerdos nostalgiosos y apenas parciales de todo lo que viví en Oruro, que ayer conmemoró su aniversario; actos que definieron mi futuro.