Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 14 de abril de 2021
  • Actualizado 19:15

Manzanero y José José

Manzanero y José José

En los días aciagos en que fui biciministro de Cultura, no había presupuesto alguno para gastar, porque todo lo absorbía Educación, mal aliado de la cultura o de las Culturas, como acabó llamándose el Ministerio. Entonces tuve que inventar un diploma que declaraba al visitante Huésped Ilustre de la cultura boliviana. Así lo hice con Carlos Prieto, excelente chelista mexicano y con su cello Stradivarius, cuyas peripecias cuenta en la Historia de un Violoncello. Prieto era gran amigo de Carlos Fuentes y en esos días le llegó la noticia de fallecimiento del hijo del gran escritor.

Aquella vez almorcé en La Paz con Armando Manzanero y José José, este último ya finado y el primero, que acaba de morir a los 85 años. En la víspera, el público, que llenaba un ambiente del ejército, estaba furioso porque ya eran las 11 de la noche y los artistas no llegaban. Su vuelo se había demorado en Santa Cruz. Pedí un par de minutos para entregar los cartones. Hubo silbatina cerrada hasta que los tranquilicé diciendo que solo quería entregarles dos diplomas que los declaraba Huéspedes Ilustres de la Cultura nacional. Los aludidos recibieron los diplomas con muestras de cariño y el público aplaudió, y cada uno a lo suyo. Al día siguiente, la embajadora Margarita Diéguez y Armas, de grata memoria en La Paz, dio un almuerzo a tan ilustres invitados y me senté a su mesa. Gocé del buen humor de Manzanero y de la bonhomía de José José, y ambos me invitaron a visitar sus casas, Manzanero en Yucatán y José José en EEUU, cosa que jamás pude hacer. Pero Armando Manzanero estaba impecable con su humor y José José transparentaba buena leche.

En otra ocasión me llamó la embajadora y me dijo que yo acostumbraba irme a Cochabamba por el fin de semana, pero que ese sábado no podía faltar a una cena que ofrecía. Ya en la cena, pidió la atención del público y dijo que había una persona a quien México quería mucho, y su gobierno le había enviado una condecoración con la Orden del Águila Azteca. Mi ministro ya inflaba el pecho ¡pero la condecoración era para mí! Dije  en las palabras de rigor que mi ministro había sido mi condiscípulo en el colegio y la universidad y que él era testigo de que jamás yo había merecido condecoraciones pero ni siquiera de sapo, rayuela o religión, las más comunes.

Así era la embajadora: obsequiosa y gran diplomática. La trasladaron a Kenia, donde murió, pero antes me invitó a que la visitara. Era muy lejos y no pude hacerlo, una joya del África, pero bueno.

OJO DE VIDRIO

RAMÓN ROCHA M.

Escritor, abogado, “cronista de ciudad”

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