Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 07 de mayo de 2021
  • Actualizado 09:41

La reflexión

La reflexión

Pareciera que aquí hubiera un conflicto entre el Bien y el Mal. Para el Gobierno, la oposición es el Mal y el masismo es el Bien. Para la oposición, los bloqueadores, los amotinados son el Bien y el masismo es el Mal.


El MAS recurre al Otro, al campesino, al voto rural, para subrayar su reserva de Bien; la oposición repudia al Otro, al campesino y el voto rural manipulados por el Mal para sembrar el desconcierto. Entretanto, no hay acuerdo entre el Bien y el Mal. Más tarde descubriremos que hasta hoy estuvimos a salvo de la crisis mundial, pero seguíamos siendo una economía tan frágil, que nos bastó un mes para destruirla. Más tarde, será inevitable devaluar el dólar, suprimir los mecanismos redistributivos del ingreso, quitar las subvenciones a la gasolina, con lo cual se elevará el costo de vida. No importa, si el Bien ha conquistado la democracia y la libertad. Eso dice el conserje del edificio donde vivo: debe salir a las 5 de la mañana a pie para ingresar a las siete; sale a las 19 y debe retornar a casa a pie, hasta las 21. No consigue dónde almorzar porque todo está cerrado y las pensiones que abren son caras. “No importa, dice, todo sea porque de una vez se vaya”.

¿Qué nos ha pasado? ¿Vamos a volver a reflexionar? ¿A aceptar que destruimos nuestra economía? No, le echaremos la culpa al Mal, que se fue. No importa que la destrucción de nuestra economía nos haya afectado a todos, ricos y pobres, inquilinos y dueños de casa, platudos y deudores a los bancos y a las cooperativas. ¿Hasta dónde, hasta cuándo llegarán nuestros sacrificios? ¿Hasta cuándo habrá bloqueos y no así transporte público, ni libre ni federado?


Como dice un buen amigo. Carlos Medinaceli, en 1938, decía cosas como esta: “En Bolivia (...) nuestra vida es netamente pasional. Obramos por impulsos bruscos, indiscriminados, irreflexivos, estimulados por una fuerza instintiva que no es la dirección de la voluntad consciente, sino el arrojo calenturiento de la fuerza de la sangre. Por eso, tanto en religión como en política, en arte como en comercio, seguimos obrando pasionalmente, sin reflexión ni análisis. Nos apasionamos lo mismo por un santo que por un caudillo (…) Vivimos una existencia pseudomorfótica: las formas externas de nuestra vida son europeas, pero el contenido esencial con que llenamos, esas formas, es indígena. Ahí está el conflicto de nuestra vida como nación.”

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