Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 07 de mayo de 2021
  • Actualizado 09:55

La guerra del Pacífico

La guerra del Pacífico

Tal como lo recordé, un 14 de febrero de 1879, el acorazado Balmaceda, que bloqueaba el puerto boliviano de Antofagasta, invadió esa ciudad y dio inicio a la guerra del Pacífico. Los habitantes de esa ciudad, según cuenta Isaac Arce en sus Narraciones Históricas de Antofagasta, no gustaban esa denominación y conocían el lugar como La Chimba. Fue un capricho de Melgarejo el bautizar así al puerto boliviano en homenaje a una hacienda que tenía su hermano en el norte argentino. Hay que recordar que el nombre es raro en la toponimia hoy chilena, no así en el norte argentino, donde hay Manogasta y otros pueblos que terminan en "gasta". 

Los habitantes transaron y llamaron al sitio La Chimba de Antofagasta y luego Antofagasta nomás. Hay una tendencia muy generalizada entre los escritores chilenos de no prestar atención al pasado y considerar la provincia boliviana de Atacama como si fuera desde siempre chilena.

Yo estuve en Calama (en realidad en todo el Litoral boliviano) en 1983. Allí, en la víspera del 23 de marzo, los colegiales van al Puente Topáter y allí pasan la noche. Luego desfilan por la mañana. Les pregunto qué festejan y dicen que la fundación de Calama, y me muestran un texto de historia donde no hay la menor referencia a Eduardo Abaroa y la invasión chilena. Calama fue la base para conquistar Chile ya en el siglo 16, con Almagro, y por entonces ya era un pueblo sobre el río Loa. Hay una Escuela Bolivia en Calama. Pregunto a los alumnos si saben quién era Eduardo Abaroa (que tiene una casa) y se miran desconcertados: no lo saben.

Incluso Hernán Rivera Letelier, gran escritor chileno, quien creció en las oficinas salitreras del desierto antes boliviano de Atacama, no dice nada sobre este pasado. Más que una condena contra Rivera, aquí hay un esfuerzo consciente de la oligarquía chilena, de convencer a su pueblo que expandirse hasta Lima fue una guerra justa para "defender su salitre", como dice Rivera. En cambio, a nuestra oligarquía, que gobernaba un país con un 80% de indígenas, como escribió René Zavaleta, más le hubiera dolido perder a la Virgen de Copacabana. Tanto seguían a la oligarquía chilena, que probablemente se frotaron las manos ante el triunfo chileno, que les permitiría condenarnos a ser un país extractivista. Y como gobernaban, cedieron nuestro litoral mediante el Tratado de 1904, en el cual el país jamás participó, no así la oligarquía boliviana, que ratificó el tratado en el Congreso de entonces.

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