Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 02 de julio de 2020
  • Actualizado 17:51

El Huracán Ramírez

El Huracán Ramírez

No hablo de un gran amigo, de Édgar Ramírez, sino del campeón Mundial de peso welter, el mexicano Daniel García Arteaga. Un día me llevó a la brava colonia Morelos, en México, donde está Tepito, uno de los mercados más grandes del mundo y la casa de los padres del luchador. Unos jóvenes que bebían en esquina nos saludaron con todo respeto y entonces el Huracán me sugirió que nunca fuera solo a esa colonia. 

Frente a la casa de sus padres se alzaba una vieja casona de una manzana de dimensión donde vivía lo más pesado de la colonia, justamente donde Oscar Lewis escribió Los Hijos de Sánchez, hoy destruida por el terremoto de 1985. En esa casa, Raúl García, hermano mayor del Huracán, fletaba bicicletas. 

Él y otro hermano eran más altos y corpulentos que Daniel, también luchadores. Le prohibieron que fuera luchador y así debutó en el box, pero la lucha lo atraía y entrenaba en el duro cemento, para fortalecer el cuerpo. De ese modo llegó a campeón mundial e inventor de llaves secretas, entre ellas la Huracarrana, que es un prodigio de agilidad corporal y asegura la rendición del contrincante. 

Llegó a la fama y entonces todo lo que usaba era del Huracán: el Huracamóvil, un Impala nuevecito y dotado con un aparatoso tocadiscos de 45 rpm, y la colección de pipas que me mostró en su casita, donde yo tocaba el timbre y veía por una rendija cómo se ponía la máscara, y cuando me reconocía se la quitaba con un Ah, eres tú, pinche Ramón.

El Huracán era compadre y consuegro de Santo, el Enmascarado de Plata: tuvieron un nieto también dedicado a la lucha libre, hijo de Carlita y del nieto del Santo; fue uno de los tres más famosos luchadores en el Panteón Mexicano junto al Santo y Blue Demon, sin olvidar al Murciélago Velásquez, a Carnicero Butcher, al Perro Aguayo, a Tonina Jackson, a tantos que se me escapan sus nombres. 

Huracán llegó a Bolivia con una troupe de luchadores mexicanos en abril de 1969, cuando murió todo el Tigre en un accidente de aviación. Fue al club a ofrecer una función de beneficencia y le dijeron que buscara al tesorero del club, al Negro Fernández, famoso joyero paceño. El Negro comisionó a su hija para que le sirviera de guía, una colegiala del Santa Ana de La Paz, y tras una semana de paseos, el Huracán le propuso matrimonio. Así, toda la familia se trasladó a México y allí la conocí a Euli, quien prefirió vivir en México.

Cosas me contó el Huracán que incluí en su biografía, todavía inédita. Quizás porque los editores acá no me dan pelota.

 

Zona de los archivos adjuntos