Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 24 de enero de 2022
  • Actualizado 18:06

La fiesta de Halloween no nació en los Estados Unidos. Es una fiesta celta que se remonta muchos siglos atrás y es día nacional en Irlanda, donde cada 31 de octubre se disfrazan no solo niños y niñas sino todos los irlandeses: escogen el color verde, tiñen de verde su cereza y el símbolo es el trébol de cuatro hojas.

El pueblo irlandés tuvo que emigrar a Nueva York por una epidemia de hambruna a mediados del siglo 19 debido a una plaga que se abatió sobre la papa. Salieron 1 millón de inmigrantes y se toparon con otra inmigración de italianos. Las célebres peleas están reflejadas en el film Las pandillas de Nueva York. Muchas familias ilustres norteamericanas tienen un pasado en la inmigración irlandesa, entre ellos los Fitzgerald Kennedy.

Hay que respetar el Halloween como una fiesta irlandesa, aunque la noche más masiva de disfrazados se dé en Nueva York.

¿El Halloween o el día de muertos? Hay que dejar que los niños se disfracen y pidan dulces. La noche del domingo hubo un desfile masivo en El Prado y la trancadera de coches duró hasta las 11 de la noche. No se les puede coartar a niños y niñas. Yo escribí El run run de la calavera en 1983: los muertitos del cementerio de Pocona, que queda en Pisorga, bloquean el camino de acceso en protesta porque sus deudos no van a visitarlos. Se echan una mona bárbara y no quieren retornar al Más Alá nunca más. Al final acceden pero con la condición de que vuelvan a velarlos en conjunto. La novia cadáver, de Tim Burton, apareció en 2005 y lloré de emoción al ver que yo me había imaginado esa versión seductora de la muerte. Posteriormente, en 2008 se estrenó una versión sobre la muerte en México y por fin en 2005 se estrenó Coco y en 2017 Spectre, en la cual instituyeron el desfile de muertos en México. Esa es la mejor forma de hacer resaltar nuestro día de muertos, porque hoy los niños quieren disfrazarse como Coco. Incluso había unas guitarritas blancas que circularon profusamente en los jardines de infantes y que completaban el atuendo de Coco. La nuestra es una versión amable de la muerte: ya no esa vieja desdentada, con una enorme guadaña y vestida de negro sino la Ñatita, con su vestido blanco y una guadañita de oro para clausurar sus castos pechos.

Así la vi al pie de mi cama, tan seductora que me levanté para ofrecerle el brazo; pero mi mujer se opuso, me quitoneó y salió triunfante. Y yo me avine a retornar al lecho, porque me dolió que me separaran de la Ñatita. No sabía que mi mujer me había librado de la muerte.

OJO DE VIDRIO

RAMÓN ROCHA M.

Escritor, abogado, “cronista de ciudad”

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