Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 17 de octubre de 2021
  • Actualizado 05:25

Con amigos así...

Con amigos así...

Uno no necesita enemigos: a la Presidenta la dejaron sola y hoy le toca a su superministro Arturo Murillo, cuya cabeza demandan la propia Áñez, Tuto, Doria Medina, Karen Longaric y esperemos a ver cuántos. Entre ellos, los ministros de Áñez que hoy guardan silencio.

Como ocurre en Cochabamba y en cualquier ciudad del mundo, Arturo no era así. Era un gordo jovial y pacífico. De pronto cambió de actitud: se sintió superministro y su figura amenazante contrastó con la que teníamos de él.

Cierta vez, no tengo por qué ocultarlo, Arturo me dijo que yo era el más indicado para escribir la biografía de su papá. Pensé en Pedro Domingo y escuché la voz de Arturo, que le decía a otro: Este no sabe quién es mi papá. Para mi sorpresa, es hijo del Chino Sánchez, hombre valioso en la historia de Bolivia y de Cuba. Vivía en un departamento de las Torres Sofer y cada sábado sus tres hijos tomaban una copita de ron con su papá: Vladimir y Carlos, de apellido Sánchez, y Arturo, de apellido Murillo, tal vez porque su padrastro lo inscribió así, pero es hijo del Chino. A él lo visité para convencerlo de grabarle sus memorias, pero no quiso y se fue con el secreto a la tumba. Él, que entregó a Klaus Barbie a la justicia francesa, que escribió el primer libro sobre el Che tras de su muerte, y lo hizo con el Pila González, y que le hizo un gran favor a Fidel Castro para obtener divisas destinadas al plan económico de la isla.

Hace poco salió una foto de almuerzo de Murillo, donde todos son conocidos o amigos, pero nunca como la que unió a políticos y ministros que rodearon a la presidenta Áñez y la deslealtad de ella misma, que debió guardar silencio y no lavarse las manos contra su amigo.

Murillo soñaba quizás con el triunfo de Trump, que le hubiera significado la impunidad de vivir tranquilo en los Estados Unidos; pero ganó Biden y las cosas se pasaron de castaño oscuro para los presuntos implicados que hoy guardan detención en el país del Norte junto a Murillo, y que podrían enfrentar largos años de prisión. No es cuestión de hacerse el ch’eke ch’eke, hoy que el superministro cayó: hay que afrontar la que se viene y defenderlo como amigo. No será fácil. Ahí tienen el asilo en Santa Cruz aunque provisorio, porque la justicia les llegará con su mano larga, y no tendrán cómo huir al Brasil, donde se acaba la protección de Bolsonaro y se iniciará pronto la gesta popular de Lula. ¿Dónde huirán? ¿A Chile, con la convulsión y las derrotas de Piñera?

OJO DE VIDRIO

RAMÓN ROCHA M.

Escritor, abogado, “cronista de ciudad”

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