Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 06 de agosto de 2020
  • Actualizado 21:21

Amarguras 2019

Amarguras 2019

No teman mis escasos lectores hallar aquí un rosario de condenas por interrumpir 14 años de Gobierno. Este es más bien un ejercicio de autocrítica, que comienza con la “revolución de las pititas”.

Un día los barrios residenciales amanecieron bloqueados por cintas de plástico, que no tenían gente, cuando más un cuidador de dicha cinta. Los pobladores de la zona sur viven del comercio y son los usuarios constantes del transporte público, donde trasladan sus bultos; pero no había transporte público y ellas, sobre todo ellas, tenían que cargarlos a la espalda y caminar a pie horas de ida y horas de vuelta. No vendían como antes, pero respetaban los bloqueos desiertos. Para fortalecerlos, la oposición creó un grupo de motoqueros, una invención de Hugo Chávez en Venezuela, pero la población no actuó como los escuálidos, que sembraron el piso con miguelitos y así neutralizaron a los motoqueros. No. Aquí la población pasaba los bloqueos desiertos con un respeto increíble por las cintas de plástico, puesto que no las rompían. Hubo pánico en los barrios residenciales, que convocaba a los propietarios a defender sus casas porque se venía la horda vandálica de la zona sur, pero esta nunca llegaba; hubo amas de casa que golpeaban sus cacerolas en sus cocinas… mientras veían TV o intercambiaban mensajes con sus celus. Ningún acto de violencia: no hubo ni un solo grupo de acción a favor del Gobierno. Esto en los barrios residenciales, porque en la populosa zona sur la vida era normal.

Bastaría comprobar esta escena repetida en la zona sur de La Paz, en la zona norte de Cochabamba o en Equipetrol, de Santa Cruz, para entender que no hubo revolución de las pititas como dicen ciertos románticos trasnochados, sino la pura y dura rebelión de la Policía y el Ejército, que exigió la renuncia del Presidente electo.

Una buena amiga dice que esta no fue muestra de la cultura pacífica del movimiento popular, sino una auténtica derrota. Yo le añadiría que las pititas y los bloqueos desiertos, pero respetados, fueron la dirección intelectual y moral de la sedición. En El Alto, en Senkata y en Sacaba, solo hubo la defensa de los intereses de los barrios residenciales y la condena de las ciudades frente al campo. Se llegó a sostener que los muertos, todos gente humilde, fueron baleados por sus propios compañeros, una ofensa para esa memoria que al menos exige una investigación exhaustiva para dar con los autores. ¿Vamos a festejar todo eso con un rutinario Feliz Año 2020?