Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 18 de noviembre de 2019
  • Actualizado 02:58

Duele la Verde Olivo

Duele la Verde Olivo

He crecido, tal vez como muchos de mi edad (tengo 36 años), escuchando a mis padres, tíos y amigos de mis padres hablar mal del trabajo policial y los policías. Siempre que se conocía de un robo en mi barrio, ellos decían que la Policía no sería capaz de resolverlo y menos dar con los delincuentes con quienes aseguraban que estaban conectados. Muchas veces escuché que decían que los oficiales de Tránsito eran “presas fáciles” si tenías la posibilidad de regalarles dinero para que se compren un refresco. Esos fueron por años los conceptos que tenía de la Policía y con los que llegué a mi mayoría de edad. 

Cuando cumplí 22 años, el reemplazo de una compañera periodista me llevó a cubrir la fuente policial, lo que significó aprender y descubrir muchas cosas que cambiaron radicalmente mi concepto sobre la institución Verde Olivo. Lo primero que aprendí fue que muchos de los señores policías, en sus diferentes grados, están muy bien capacitados. Varios uniformados fueron mis fuentes confiables no solo de información, sino de aprendizaje para el correcto manejo de los términos policiales. Al menos una decena de casos trágicos en Cochabamba fueron resueltos sin muchos recursos y fui testigo de ello. Vi el compromiso de los oficiales con su labor y la honesta vocación para cumplir tareas que incluso estaban mas allá de lo establecido. 

En todas las unidades y las divisiones policiales podría nombrar hasta tres oficiales ejemplares que han cumplido o aún cumplen a cabalidad sus funciones, pese a todo y a algunos. Cuando uno está cerca de la institución del orden, comprende que, como en todos los rubros, hay buenos, malos, capaces, negligentes, comprometidos, desinteresados, honestos y realmente deshonestos. Sé que la mayoría de las personas han tenido alguna mala experiencia con la Policía, y que de ella depende su concepto sobre la misma. Pero creo que caer en la generalización no es justo, menos ahora. En estas violentas semanas, está claro que la Policía no ha ejercido su función principal, mantener el orden y garantizar la seguridad de la sociedad en su conjunto. No es necesario ser una estratega para darse cuenta de que la institución del orden ha cumplido varios papeles, menos el que le corresponde. 

No han sido negligentes, no han sido rebasados, menos incapaces. Simplemente están subordinados. Reciben órdenes y mantienen su disciplina. Lo triste es que quienes están al mando no hayan entendido lo que dijo André Gavet: “La disciplina no es un servilismo, sino un deber del hombre libre. No es más que el deber del ciudadano hacia su institución y la Patria, claramente formulado y garantizado en su ejecución por las sanciones necesarias”.

Los más valientes, los que decidieron ayudar a los heridos más allá del bando, los que lanzaron gases sin estar autorizados y se aferraron a su trabajo policial, ya saben que serán castigados por “indisciplinados”, como siempre ocurre, con  un nuevo y alejado destino o, peor aun, un proceso interno institucional. Los desobedientes del jefe, pero obedientes de la verdadera disciplina, esa que bien explica Gavet. 

Duele la Verde Olivo y duele mucho, porque ha sido vulgarmente vapuleada en los últimos días, ridiculizada con tareas serviles que nada tienen que ver con su deber. Duele porque detrás de cada traje verde hay una familia, un ser humano digno que es obligado a no serlo. No son todos, estoy segura, podríamos contar con los dedos los que cambian de color su traje y sin problema abandonan el Verde Olivo. No son todos...