Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 21 de enero de 2022
  • Actualizado 18:41

Los “pititas” (II)

Los “pititas” (II)

Hay una caricatura con la que se ha facilitado la comprensión de la insurrección “pitita” de 2019. Se dice, en determinado sector de nuestra sociedad, que este “grupo” ciudadano es el producto complejo de la acumulación de frustraciones y molestias que las acciones del MAS habrían provocado en década y media de gestión ininterrumpida en el Gobierno. Detrás, sin embargo, de esta descripción común (y por ello mismo simplificada de la realidad), se esconde un supuesto no solo discutible sino enteramente falso: se asume que en Bolivia existiría una ciudadanía casi habermasiana que se vincula con las figuras del poder a través del “uso público” de su razón crítica.

En este sentido, solo cabe decir una cosa. ¡Que le caiga un rayo a los teóricos y teóricas sociales de este país si vivíamos durante tanto tiempo en una “polis griega” sin siquiera habernos percatado de ellos! Lo último que ha caracterizado a la sociedad boliviana en el poco tiempo de democracia institucionalizada del que gozamos es una “cultura ciudadana” centrada en el análisis crítico de los actos del poder público. Hay una compleja morfología del conflicto social en nuestro país que resta protagonismo a la valoración “racional” del contenido de los actos estatales.

Si el MAS “acumuló” algo durante sus gestiones gubernamentales fue el proceso de osificación de sus bases y de su dinámica “social” general. Pero por lo que respecta al grueso de la “ciudadanía”, especialmente urbana, el MAS fue “juzgado” desde el inicio por lo que “es” y no por lo que “hizo”, “hace” o “hará”. En términos de Fernando Molina, el MAS es el símbolo de una “élite no tradicional” en el poder y es de este hecho estructural del que depende el antagonismo dentro del cual existe hoy el polo “pitita”. Esto, por supuesto, no quiere decir que sobre esta estructura de rechazo de una parte de nuestra sociedad no se elaboren críticas puntuales a ciertas acciones del Gobierno. Sin embargo, esto es secundario y no fundamental a la sintaxis de nuestro conflicto como país.

Solo como ejemplo. Debe verse que ya en enero de 2007 (poco más de un año después de la subida al poder de Evo Morales) en Cochabamba se registró un conflicto mucho más breve pero de una “intensidad” similar al de 2019. ¿Cuánto se había acumulado en ese temprano punto? Hoy en día, en cambio, cada conflicto, sin importar lo “local” que sea, llega casi inmediatamente a traducirse en un problema “nacional”. Lo que ha variado no es la “radicalidad” de la oposición social al MAS (que siempre estuvo ahí) sino su capacidad de generar un alcance inusitado con una inmediatez sin precedentes. Lo que ha cambiado, en resumen, es la forma de articular el poderoso rechazo pre-racional existente en Bolivia hacia la figura del siempre presente “otro”.

SIN ASIDEROS

OSCAR GRACIA LANDAETA

Filósofo

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