Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 17 de mayo de 2022
  • Actualizado 22:19

Acostumbrarse a la mortalidad

Acostumbrarse a la mortalidad

La existencia humana se halla caracterizada por una dinámica constate de asimilación y “acomodación” de la experiencia. Por ella, todo evento que resalta de modo especial por sobre los demás queda paulatinamente asimilado a la tenue opacidad que caracteriza la regularidad cotidiana. Es de tal forma que los seres humanos pueden hacer que lo que en primera instancia fuera extraordinario quede progresivamente transformado en algo profundamente habitual, hasta el punto de perderse de vista. Esto pasa siempre con la violencia, con ciertos crímenes regulares o con el “rutinario” dolor de los otros.
Por supuesto, la pandemia no será una excepción a este principio. Se alcanzará, al fin y al cabo, una medida de la muerte con la que se pueda convivir, esto es, una tasa de mortalidad que resulte “aceptable”. En tal sentido, el velo estadístico que permita recubrir la muerte de esos “pocos” será el que nos permita seguir con una vida cotidiana que es tal precisamente en el tono grisáceo que la hace mansa y poco llamativa. Nos acostumbraremos, así, a la idea de que “la gente muere de COVID” de vez en cuando y de que esa es una parte natural de la realidad presente.
Esto no es ni bueno ni malo, sino sencillamente humano. Vivir humanamente es cicatrizar la experiencia de modo que el callo que queda sobre la antigua herida es a la vez más fuerte y más insensible. Pero si bien es cierto que esto es inevitable, también lo es que el grado en que se naturaliza la muerte debe siempre llevar una medida de problematización, de constante voluntad por repensar la realidad de la vida, aquella que se tiene o aquella que se pierde. Una cosa es convivir con una cierta mortalidad y otra sencillamente banalizar la muerte, olvidar la fuerza que esta realidad porta siempre para la experiencia humana.
Siempre debemos pelear por relacionarnos con cada muerte de un modo distinto en el que nos relacionamos con una cifra y esta es una lección que la pandemia puede brindarnos para recobrar un ímpetu diferente con relación al mundo. Así como no debe caerse en la pura rutina de las muertes por COVID también es importante quitar el sedimento de naturalización que se ha producido ya sobre el dolor de los humildes, sobre el crimen contra las mujeres o sobre la discriminación contra las minorías. La costumbre es una nota indispensable de la vida social, pero también lo es la posibilidad de oponer a la pura inercia una reflexión que mantenga abierta la posibilidad de cambiar el curso de los acontecimientos. Sin esta nota de esperanza, la vida humana no sería aquello que es y que debe seguir siendo. Del hecho de que se pueda oponer al acostumbramiento un cierto impulso contrario que permita recobrar la fuerza de cada experiencia depende por ello la esencia de nuestra humanidad.

SIN ASIDEROS

OSCAR GRACIA LANDAETA

Filósofo
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