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  • Diario Digital | viernes, 10 de julio de 2020
  • Actualizado 12:55

Los dos papas

Los dos papas

La esperé desde octubre. Cada tanto volvía a ver el tráiler y me decía a mí mismo que no podía perdérmela. Cuando salió la vi dos veces, cosa que no suelo hacer con ninguna película, pero esta ameritaba una atención y un disfrute especiales. Ahora la recomiendo y más en este tiempo de cuarentena en el que podemos hacerle “un huequito” en nuestras ocupaciones cotidianas.

No podré evitar ser “spoiler” de algunos temas y frases de sus protagonistas, pero si usted lee este artículo, la podrá ver tranquilamente sin saber qué pasa al final… aunque ya de entrada todos lo sabemos.

Fernando Meireles, el director, presenta una serie de diálogos entre el cardenal Bergoglio y el papa Benedicto XVI que, aunque responden a la ficción, son verosímiles y sacan a flote problemas que la Iglesia Católica deberá afrontar en algún momento.

No se trata de asuntos secretos, son más bien de conocimiento y escándalo público, como el del Banco Vaticano y el de los curas pederastas. A esto se añade una serie de problemáticas que parecerían pequeñas e incluso superfluas como el celibato de los sacerdotes, la comunión de los divorciados y los vestidos de los cardenales. Y otros temas tal vez más estructurales como el relativismo occidental y el narcisismo al interior de la Iglesia.

Benedicto XVI parece representar a una Iglesia tradicional, fuertemente dogmática, ritualista y alejada de la realidad. Él se identifica a sí mismo como un intelectual incapaz de dirigir a un pueblo que vive una realidad muy distinta a la de los libros y la teoría, basta mencionar que, a pesar de ser un buen pianista y de haber aprendido a tocar ese instrumento en la Inglaterra de los años 1960, desconoce quiénes son los Beatles.

Bergoglio, por el contrario, parece representar los aires de renovación eclesial. Se presenta crítico y realista y su fundamentación no está alejada del sentido común y sobre todo del Evangelio. Su pasado como sacerdote jesuita y como obispo de Buenos Aires, parecen ser el mejor testimonio de una Iglesia cercana y comprometida con la vida.

La película, además, nos deja pensando en una Iglesia que, a pesar de los intentos de reforma, sobre todo con su apertura al mundo en el Concilio Vaticano II, donde se declara necesitada de purificación y renovación, no ha logrado ingresar en el mundo, es más, parece manejar un doble discurso que la descalifica como institución ante fieles y críticos.

La Doctrina Social de la Iglesia plantea, por ejemplo, que la democracia es la forma de gobierno que más garantías da del respeto a los derechos humanos y que promueve de mejor manera la búsqueda del bien común. Sin embargo, la institución eclesial sigue practicando una forma de gobierno vertical y jerárquico. La Iglesia defiende ampliamente los derechos de las mujeres, en ámbitos como el laboral y el político, sin embargo, las mujeres no tienen ninguna injerencia en la toma de decisiones eclesiales, ni siquiera pueden acceder al diaconado y mucho menos al sacerdocio y ni soñar con ser obispas.

La Iglesia, sobre todo desde su jerarquía se sigue mirando el ombligo, cuidando sus dogmas, sus ritos y sus discursos y se olvida de que el mundo sigue adelante, que la gente, como en los tiempos de Jesús, sigue sufriendo. Esta película tal vez nos recuerde aquel pasaje en el que una mujer sirofenicia, una extranjera pagana, le dice a Jesús que incluso los perros comen de las migas que los hijos dejan caer de la mesa.

Esta Semana Santa en cuarentena nos puede ayudar a redimensionar el valor de los ritos y los dogmas en comparación con el del corazón humano. ¿Cuál es más importante? El papa Juan Pablo II, en su encíclica programática Redemptor Hominis de 1979, afirmó que “el camino de la Iglesia es el hombre”. Que no siga sucediendo lo contrario y que la Iglesia, de una vez, como en 1959 abra sus ventanas para ver y oír los signos de los tiempos.