Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 25 de enero de 2020
  • Actualizado 00:26

Infoxicación y desinformación

Infoxicación y desinformación

Durante los días posteriores al 20 O, quedé infoxicado y a la vez desinformado. Infoxicado porque me harté hasta el vómito de tanta información: que la televisión, que la radio, pero sobre todo que el WhatsApp y el Facebook. Mi celular no dejaba de anunciarme mensajes nuevos, a cada rato y con todo tipo de información.

Aun así me vi desinformado, es decir que no sabía la veracidad de la información recibida. En muchos casos me daba cuenta rápidamente de la falsedad de algunos mensajes y en otros incluso de la calumnia y la difamación. La información con estas características es, claramente, desinformación.

Las redes sociales fueron más que nunca “tierra de nadie”, algo parecido al lejano Oeste en el que había que disparar primero. En esa tierra se movieron básicamente dos tipos de personas, las que tenían buena fe y los intencionadamente mentirosos.

Mucha gente de buena fe aportó a la desinformación, puesto que compartían mensajes sin saber “todo” el hecho, es decir sin tener la contraparte; compartían información que correspondía con su percepción de las cosas, aunque esa percepción no fuera completa; sin saber el alcance de esa información, es decir sin tener la mínima idea de hasta dónde podría llegar ese post y quién lo leería; sin saber si era pertinente o no comunicar algo en determinadas circunstancias; compartían, pues, sin haber comprobado la veracidad de la noticia.

Otros, los intencionadamente mentirosos compartían noticias con la intención de generar confusión, división, odio e incluso enfrentamientos. No olvidemos el patético caso de aquel señor que se hizo pasar por médico en Senkata simplemente para generar mayor violencia en el sector.

Los medios de comunicación escrita fueron, desde mi punto de vista, los más creíbles. Destaco el trabajo de los periodistas que filtraban la información veraz en medio de tantas falsedades. Aunque es menester decir que también algunos periodistas se vieron en medio de la presión de informar lo que realmente pasaba o responder a los intereses editoriales de sus empleadores.

El tema es que la información llegó, como es habitual, a un consumidor acrítico, aquel que se cree todo lo que recibe y lo peor es que además ¡comparte! de manera también acrítica y multiplica la confusión. Por eso  contamos con información mezclada, como el trigo y la cizaña, generando confusión e imposibilitando tomar una postura personal y crítica ante la situación que se vivía en el país.