Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 10 de julio de 2020
  • Actualizado 12:34

Con el cuerpo

Con el cuerpo

No me gusta tener jefes. Por eso, aunque aún no logro librarme de ellos, desde hace algunos años procuro trabajar de manera independiente. En una ocasión, comentando con un profesor de universidad mi ritmo de trabajo, se sorprendió y me advirtió que trabajar en casa puede ser más agotador, “no sabes si estás en el trabajo o no”, me dijo.

Tenía razón. Tuve que hacer todo un proceso de organización y autorregulación que me tomó un par de años, para lograr distinguir mi casa como oficina y como mi casa. Hacerlo me ha permitido ser más parte de mi familia, conocer mejor los rincones del hogar, saber dónde se guarda el alicate o donde hallar el polvo de hornear; tener tiempo para cocinar, preocuparme por las cosas que necesitan arreglo o definitivamente un cambio y, lo más importante, compartir más tiempo con mis hijos.

La crisis sanitaria ha obligado a muchos a trabajar desde casa. He leído algunos artículos de prensa y he visto muchos post en las redes sociales, donde la gente menciona lo agotador que es no salir a la oficina. Este hecho también ha desvelado lo desgastante que puede llegar a ser educar a los niños.

A pesar de todas las críticas que se han hecho a la educación durante esta temporada, me queda claro que un elemento esencial de los procesos educativos es la presencialidad. Y no me refiero a las estructuras caducas de la escuela, sino a la importancia que tienen las relaciones en el desarrollo y en la vida de las personas.

Mi hija adolescente ha dicho una cosa que jamás pensé escuchar: “Extraño el colegio, ¡quiero volver a clases!” No lo dijo porque todas las clases fueran interesantes, sino porque necesita estar con sus amigas, vivir su adolescencia de manera natural, donde el cuerpo, las miradas, los contactos son importantes. No lo digo solo por los adolescentes, los niños también extrañan la escuela, necesitan interacturar con otros.

Y es que, por más espiritualistas o virtualistas que fueran las posturas, nadie puede negar que somos cuerpo. Por eso es necesario estar presentes corporalmente, tender hacia el otro con la mirada, con el cuerpo, con las manos. Escuchar las felicitaciones del profesor, sentir su mano sobre el hombro cuando quiere animarte, abrazar a tu compañero, hacerle un gesto de complicidad en clases, escuchar la voz del otro que te dice y te reconoce como un “tú” (palabra que, por extraña casualidad, se dice como dando un beso, también en inglés, en alemán o en francés).

Educar, entonces, en estos días, tiene que ver con estar presentes corporalmente. Por eso, más allá de leer o hacer los ejercicios de matemáticas y química, será interesante hacer con nuestros hijos cosas prácticas. Cocinar, por ejemplo, es un excelente ejercicio que permite desarrollar habilidades y sensibilidades, además que une tanto. No es raro que los momentos de celebración de la vida siempre vienen acompañados de una buena comida.

Educar en el orden, la limpieza, en algunos hábitos que permiten la convivencia armónica en casa, será de gran utilidad en la relación con cualquier otra persona a lo largo de la vida.

Tenemos la oportunidad de enseñar a nuestros hijos a cuidar el jardín, a desarmar y armar la bicicleta, a limpiar el motor del auto y conocer todas sus partes, etc. Algunos padres hablan otros idiomas y no tuvieron la oportunidad de enseñarles a sus hijos, qué mejor momento para hablar, corregir y mejorar una segunda lengua.

Estar en casa es estar presentes con el cuerpo, tender al otro en la búsqueda de su promoción, y qué mejor si el otro es nuestro hijo.