Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 11 de abril de 2021
  • Actualizado 06:33

Las acusaciones de estupro contra el expresidente Morales han generado una diversidad de reacciones de indignación, algunas más genuinas que otras. Seguramente la postura más generalizada es que siendo un delito debe ser investigado y, una vez probado, drásticamente sancionado, porque se trataría de una alta autoridad que habría utilizado su investidura y su poder para “cazar” niñas y establecer relaciones con ellas.

Las autoridades de gobierno, no ajenas a intereses políticos, han hecho públicos los datos de la víctima, ensañándose con ella y exponiéndola al escarnio público e incurriendo en revictimización de quien se supone deben proteger, actitud que podría desalentar más denuncias de víctimas de otros poderosos.

Otras posturas indignadas, han aprovechado el caso para atacar las voces feministas desde posiciones cercanas a instituciones como la Iglesia Católica, sobre las que pesan denuncias de pederastia y violación que han sido encubiertas por siglos, y sobre las que se guarda silencio, aunque también exista abuso de poder de autoridades religiosas contra los niños y niñas que se les confían. Los poderes religiosos nunca muy alejados de los poderes políticos y económicos.

El feminismo al que atacan es el mismo que viene denunciando las bases estructurales de una sociedad patriarcal y la cultura del estupro y violación que se fortalece a partir de la hipersexualización de las niñas, el uso de sus imágenes en publicidad en poses sensuales, con maquillaje y ropa de adultas, o la difusión y consumo de novelas como “Esposa joven”, y en la que todavía causa risa el chiste de “cambié a mi esposa por un modelito nuevo” o “cambio a una de 30 por dos de 15”.

Una sociedad que promueve la cosificación de niñas y mujeres, que las ve como incubadoras, que no se indigna con los embarazos de niñas y adolescentes productos de violación que ocurren en los hogares y que son perpetrados – en su mayoría - por integrantes del entorno familiar y a quienes se les condena a ser madres forzándolas a parir. Tampoco lo hacen por las uniones tempranas y matrimonios infantiles, los casos de violación que quedan en la impunidad, por prejuicios arraigados y porque a las víctimas no se les cree, o porque los agresores tienen poder.

A los [email protected] que se preguntan dónde estaban las feministas, les invito a contar los reducidos espacios, columnas en medios de comunicación tradicionales que les dan voz para entrar en agenda mediática y pública; y a buscar sus canales alternativos en redes sociales para conocer sus posturas, que se niegan al manipuleo interesado de sus causas. La indignación no parece genuina cuando solo se expresa si el cálculo político (no sólo partidario) es favorable.

MÓNICA NOVILLO G.

Feminista y comunicadora social

[email protected]

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