Opinión Bolivia

  • Diario Digital | jueves, 15 de abril de 2021
  • Actualizado 03:13

La antropóloga e intelectual feminista argentina Rita Segato ha planteado que “el mundo de hoy es un mundo marcado por la dueñidad o el señorío”, que ella define como “potencia”, “señorío sobre el cuerpo”, “las cosas”, “los bienes” y “la tierra” y podemos agregar, por qué no, sobre las vidas de mujeres y niñas. La dueñidad sería “una nueva forma de señorío resultante de la aceleración, de la concentración y de la expansión de una esfera de control de la vida (…)

Esta noción se presenta una y otra vez en las expresiones de violencia contra las mujeres. La violencia utilizada como mecanismo de disciplinamiento de las mujeres, que se enmarca en lo que Segato denomina “pedagogía de la crueldad”, que tiene como propósito “reprogramar”, “entrenar”, para ver la vida humana como ‘cosa’, como instrumento”.

Resultan ilustrativas de esta lógica y sentido de propiedad de los hombres dos hechos de violencia recientes que han recibido amplia atención por parte de los medios de comunicación. El primero, un par de mujeres jóvenes, que denunciaron haber vivido violencia por más de quince años, por su propio padre, quien, dentro del proceso de divorcio por ejercer violencia contra su esposa, fue favorecido con la tenencia de las niñas, como resultado de una inadecuada valoración del contexto de violencia. El padre ejerció violencia física y psicológica contra las niñas, restringió su libertad y las mantuvo encerradas. Finalmente, el día de ayer, se anunció que el padre agresor ha sido detenido preventivamente en el penal de San Pedro de La Paz sindicado de graves hechos de violencia.

El segundo caso, corresponde al feminicidio ocurrido en la ciudad de Santa Cruz el pasado domingo, a plena luz del día en las puertas de un supermercado. El feminicida atacó a la mujer con un cuchillo carnicero recién comprado en presencia de mucha gente. En ambos casos, es el hombre quien se siente investido de la autoridad para definir sobre el destino de las mujeres, en un caso, de “sus” hijas y, en el otro, de la mujer que decide cortar con la relación violenta. 

En ambos casos, el sistema estatal en su conjunto falló en ofrecer seguridad a las mujeres y asegurar el derecho a vivir libres de violencia, no habiendo activado los mecanismos para evaluar adecuadamente el contexto violento y no activar mecanismos de protección, aún cuando se hubiera expresado temor por su vida. Las organizaciones feministas nuevamente se declaran alertas, demandando acciones concretas y señales de voluntad política para avanzar en la lucha frontal contra la violencia hacia las mujeres.

DESDE EL CUARTO PROPIO

MÓNICA NOVILLO G.

Feminista y comunicadora social

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