Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 23 de febrero de 2020
  • Actualizado 10:17

Conflictos y Estado laico

Conflictos y Estado laico

Un paréntesis, para portar una mirada diferente en medio de los conflictos políticos que vive el país. Bolivia es un Estado laico. La Constitución Política del Estado (Art. 4) establece que “(…) el Estado respeta, garantiza la libertad de religión y creencias espirituales de acuerdo con sus cosmovisiones. El Estado es independiente de la religión”. ¿Quién lo podría afirmar, luego de ver las imágenes del cabildo del lunes 4 de noviembre en Santa Cruz? El líder cívico rodeado de dos hombres que cargan una virgen.

Algunas personas hemos visto sorprendidas el fenómeno Camacho, un personaje del que dicen tiene origen cochabambino, lidera el Comité Cívico de Santa Cruz, era poco conocido en el ámbito político nacional, y ha desplazado a más de uno de los actores políticos relevantes que identificábamos en el escenario hace poco más de 15 días, y a quien se atribuyen habilidades de liderazgo. 

¿Cómo un conflicto de características políticas empieza a adquirir matices religiosos? Para varios analistas, la aparición de Camacho responde a la acumulación del descontento de la ciudadanía con los personajes tradicionales de la política y el hartazgo ante la incapacidad del sistema de representación política para leer las necesidades y demandas de la ciudadanía en general. Camacho canalizó el descontento, con un discurso con alto contenido religioso, anunció que llegaría a La Paz “…con mi fe y mi esperanza, con una Biblia en mi mano derecha y su carta de renuncia en la mano izquierda”.

En este contexto es válido recordar que lograr el reconocimiento del carácter laico del Estado, fue una conquista que permite a las personas expresar su religiosidad y opiniones en libertad, sin que esto se traduzca en estigmatización o discriminación. 

No es cierto que un Estado laico carece de valores o está orientado a la decadencia moral, al contrario, debe basarse en el respeto y garantía de las libertades y derechos humanos de todos los habitantes de su territorio, bases fundamentales de la democracia. El riesgo está en que discursos cercanos a las religiones en política adquieren rasgos fundamentalistas y acaban socavando los principios del estado de derecho que propugnan y niegan derechos humano, principalmente a mujeres y a personas de diversidades sexuales, lo hemos visto en el debate de varias leyes en los últimos años. Fundamentalistas, que quieren que la biblia entre en Palacio tenemos en todos los bandos.