Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 26 de enero de 2022
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Enero fatídico 2007

Enero fatídico 2007

Imposible olvidar aquel enero luctuoso de hace 15 años, cuando el régimen que nadie pensaba iba durar tanto empezaba a ejecutar su tenebroso plan para aplastar el disenso, acaparar los poderes e imponer su hegemonía, cueste lo que cueste.

El hartazgo social contra gobiernos anteriores, habituales beneficiarios de las arcas del Estado, fue el caldo de cultivo para el advenimiento de un llamado instrumento político, con sectores como los cocaleros y otros, que se consideraban la reserva moral, pero que con el tiempo aumentaron exponencialmente la corrupción.

Para los detentadores del poder, la democracia les sirve cuando les favorece, pero cuando no, recurren a cualquier artimaña para desconocer el voto mayoritario y boicotear a políticos que no responden a su línea.

Al comenzar el año 2007, el gobierno puso a funcionar su maquinaria destructiva, pergeñada en la Casa de Campo de Piñami. El caudillo no toleraba que le hayan ganado limpiamente la elección de la Prefectura y que encima la autoridad elegida realice una buena gestión en las provincias.

Sin motivo real o comprensible, movilizó a todas las autoridades nacionales y locales para asediar al Prefecto exigiendo su renuncia. La autonomía era el pretexto.

Los cochabambinos reaccionaron exigiendo respeto a la democracia y sin diferencias de ninguna índole, salimos a las calles, pidiendo que la masa aleccionada y hasta obligada -que invadió la ciudad con fiereza, acatando las órdenes de sus caciques-, depongan su actitud y se retire a sus casas.

La provocación urdida, por alguien adiestrado conocido, surtió efecto,  porque gente de todas las edades espontáneamente se animó  a protestar contra la ocupación hostil organizada, que usaba como escudo a mujeres y niños del campo, mientras los enlistados en Cuba azuzaban la violencia, esperando bajas de ambos lados.

Christian Urresti Ferrel, que ayer hubiera cumplido 32 años, fue la víctima de un vil asesinato que hasta ahora sigue impune, mientras la familia solo confía en la justicia divina, llorando el reciente fallecimiento de su padre Nelson Urresti Méndez, que soportó estoicamente la muerte injusta de su amado hijo menor.

Ojalá por lo menos remuerda la conciencia de los causantes de este trauma emocional, que duele a Cochabamba.

Mis circunstancias

MOISÉS REVOLLO 

Periodista deportivo

[email protected]

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