Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 03 de agosto de 2021
  • Actualizado 17:26
Puede ser hoy

La violencia de género tiene varias aristas, una de ellas y quien sabe la más violenta es la intrafamiliar o doméstica, porque lamentablemente se convive con el perpetrador. El hombre en muchas ocasiones tiene conductas sádicas, a tal punto que puede ser catalogada como tortura por rasgos comunes entre ambas. Algunos estudios sobre la prevalencia de la violencia doméstica señalan que se puede catalogar como sistema de terror de género. 

A la vez, este sistema de terror, no solamente padece la mujer o esposa, también soporta toda la familia, donde el hombre sostiene actitudes crueles en forma intencional para causar sufrimiento. En este contexto, la mujer agredida también vive el tormento moral por el hecho de sentirse incapacitada para proteger a sus hijos, quienes son víctimas indirectas con consecuencias insospechadas. 

Cualquier motivo es suficiente para castigar y vigilar a la mujer amenazándola con dejar de dar dinero para la alimentación de la familia, de esa manera, la subordina aún más, haciéndola sentir incompetente. La mujer en esta situación se encuentra totalmente desprotegida. Lo que pretende el hombre, es mantener el sometimiento de la esposa y hacerla sentir inferior en todo aspecto, porque no hay frustración más grande para una madre que considerarse incapaz de proveer el alimento a sus hijos, o quien sabe llevarlos al parque y comprar golosinas. 

En conversaciones con señoras quechuas jóvenes, algunas creen que es el cuartel que los vuelve violentos a los hombres; con todo, hay una investigadora Rhonda Copelón (2001) que habla sobre la violencia doméstica como tortura, donde realiza una analogía entre la violencia basada en el género, con el uso militar de la tortura como una forma de control social, que no responde ante autoridad alguna mientras no sea de orden público, de tal forma que el espacio doméstico se utiliza como un sistema natural de subordinación, a través del sometimiento. 

Lamentablemente, este tipo de violencia recurrente, si bien afecta directamente a los derechos humanos de las mujeres, muchas veces lo relativizan, arrogando a características culturales rasgos de exagerada emotividad, gritos o llantos, o finalmente creencias heredadas por la familia en el sentido que la mujer debe obedecer al marido, servirlo y no quebrantar ninguna decisión que el hombre de la casa determine. De esa manera se repite, una y otra vez, el molde sumiso de la mujer, quien debe aceptar en silencio y con temor. 

Al crecer en estos espacios, las niñas asumirán como algo natural este relacionamiento y los varoncitos podrán reproducir las formas violentas y de humillación hacia la mujer. Este círculo de violencia es expuesto también a manifestaciones de dueñidad o amor a lo bruto, donde los niños vivirán en ambivalencia sin cuestionar este desorden tan natural: del castigo transitan al apego para terminar en la resignación. 

En ese contexto, posiblemente el hombre ejercerá por la fuerza el contacto sexual no consentido, vulnerando la decisión y, posteriormente, el derecho reproductivo de la mujer, y lo que es peor, los hijos como testigos, quienes serán potencialmente violadores o abusadores de mujeres. El día a día, que puede ser hoy, es un día de violencia, mucha incertidumbre y condicionamientos. 

MIRADAS ANTROPOLÓGICAS

MARÍA ESTHER MERCADO H.

Antropóloga y docente 

universitaria

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